Amor y juventud en la poesía latina

Love and youth in Latin poetry

Amor e juventude na poesia latina

Dra. María Luisa Harto Trujillo
Profesora Titular, Universidad de Extremadura. mlharto@unex.es
DOI: 10.22400/cij.3.e013
RESUMEN

En la poesía Latina, encontramos una unión entre los conceptos de amor y juventud, ya que el poeta cree que es la juventud la edad apropiada para el sentimiento amoroso, tanto desde una perspectiva física y estética, como desde una perspectiva filosófica y antropológica.

PALABRAS CLAVE
amor, juventud, poesía latina
ABSTRACT

In Latin poetry, concepts as youth and love are usually connected, because the poet, considering it from a physical and aesthetic point of view, as much as from a philosophical and anthropologic one, thinks that youth is the best age for love.

KEYWORDS
love, youth, Latin poetry
RESUMO

Na poesia latina encontramos uma ligação entre os conceitos de amor e juventude, já que o poeta acha que a juventude é a idade apropriada para o sentimento amoroso, desde una perspectiva física e estética até uma perspectiva filosófica e antropológica

PALAVRAS CHAVE
amor, juventude, poesia latina
Recibido ǀ Received ǀ Recebido  13/05/2017,  Aceptado ǀ Accepted ǀ Aceito  20/07/2017,  Publicado ǀ Available ǀ Publicação  31/07/2017 
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Sumario

► Amor y juventud en la poesía latina ► Amor y Carpe Diem ► El amor es un sentimiento apropiado solo para la etapa de juventud ► Fugacidad de la belleza y críticas a los viejos enamorados ► Conclusión ► Bibliografía

1 Amor y juventud en la poesía latina

En la literatura latina, tanto en la elegía o poesía amorosa, como en la sátira con su burla irónica, o en las tragedias que reflexionan sobre el hombre y su trascendencia, cuando trata sobre el amor, el poeta suele aludir a una serie de convenciones, temas o situaciones que se producen con frecuencia en las relaciones amorosas y acerca de los cuales expresa su opinión, su burla o sus consejos.

De ahí tópicos como el insomnio del enamorado al que no dejan dormir sus preocupaciones (cf Sén., Fedra, 368-72; Catul. 50, 9-12; Virg., Aen. IV 4-5 y 522-531; Prop. I 3, 35-46 u Hor. Carm. II 9, 9-12.); el recurso al vino que desata la pasión y hace olvidar las penas (Ovid, Ars III 349-50; I 237-44; I 525-6); el tópico del paraklausithyron con la imagen de un exclusus amator que pasa la noche esperando ante la puerta cerrada de su dama (Lucret. De rerum, IV, 1608-10; Tibulo I 2; II 4, Prop. I 16, I 5, II2 o III 24 y 25); los regalos del enamorado o munera amoris, que intentan ablandar a la amada esquiva (Lucret. De rerum IV, 1530 sigs., Juvenal VI…); o, por último, la descripción metafórica del amor como fuego, locura o herida (cf. Lucret. De rerum IV 1479-89; o Sen. Fedra 276-82).

Pues bien, a pesar de que, en estas situaciones, el poeta canta siempre al poder omnímodo del amor en cualquier edad y situación y, a pesar de que, de hecho, el coro de Fedra afirma que este sentimiento “provoca llamas violentas en los jóvenes y a los viejos cansados calores extinguidos vuelve a traer de nuevo” (vv. 290-1), lo cierto es que, entre los tópicos y motivos de la poesía amorosa, se repite una y otra vez la unión entre amor y juventud.

Y así, por ejemplo, en esta misma tragedia de Fedra, cuando la nodriza pretende convencer al joven y agreste Hipólito para que abandone la vida solitaria y se dedique a los placeres propios de su edad, le anima a disfrutar del amor mientras es joven:

Relaja, mejor, tu espíritu, acordándote de tus años: Levanta la antorcha en las noches festivas y que Baco descargue tus graves preocupaciones. Goza de la edad; mira que se escapa en veloz carrera. Ahora es tierno tu pecho. Ahora en tu juventud es agradable Venus. ¡Salte tu espíritu! ¿Por qué te acuestas en un lecho no compartido? Libera de tristeza tu juventud; emprende ahora mismo la carrera, suelta las riendas; los mejores días de tu vida no dejes que se te vayan de las manos.

Dios ha determinado los deberes apropiados a cada Edad y ha trazado la vida gradualmente según convenía: la alegría va bien a los jóvenes; la frente triste al viejo. ¿Por qué te reprimes y matas tu condición natural?

(vv. 444-54)

Y continúa un poco después, recordándole los peligros para la humanidad si los jóvenes no se entregaran al amor:

Que adopte la juventud una vida célibe haciéndose infecunda. Todo esto que estás viendo quedará en alboroto de una sola generación y se derrumbará sobre sí mismo. Por tanto, sigue a la naturaleza como guía de la vida, frecuenta la ciudad, cultiva la compañía de tus conciudadanos

(vv. 479-484)

Vamos a tomar como punto de partida de nuestro artículo este pasaje, en el que aparecen varias ideas, relacionadas tanto con la filosofía popular y de tendencia epicúrea, como con reflexiones propias de la filosofía estoica, mediante las que Séneca querría mostrar los desastres que ocasiona el dejarse llevar por las pasiones (cf. J. M. Croisille, 1964).

Veamos, pues, cada una de esas ideas y otros textos poéticos en los que se recrean conceptos similares:

2 Amor y Carpe Diem

En primer lugar, en el texto citado, resalta para nosotros la idea de la brevedad de la vida y la necesidad de disfrutar de los momentos, ya que el tiempo vuela y hay que aprovecharlo.

Es el conocido tópico del carpe diem, que encontramos asociado muchas veces a la idea de la belleza, la juventud y el amor, ya que el poeta, consciente del paso del tiempo, anima a disfrutar de la vida, consejo simbolizado en la metáfora horaciana carpe diem (Carm. I 11). En ella, el imperativo del verbo carpo, “cortar”, crea una construcción sorprendente para el lector (una callida iunctura) ya que, cuando este aguarda un complemento como “flor” para el verbo, al usarse normalmente carpo en un contexto campestre, sin embargo, se encuentra con diem, “el día”, con lo cual, en la metáfora carpe diem o “corta el día”, se está identificando el día, o sea la vida, y especialmente la juventud, como lo más bello y más efímero que hay en la naturaleza, con una flor.

Como indica Vicente Cristóbal (1994), el del carpe diem es un tópico universal y eterno, que hallamos ya en el Poema de Gilgamesh -que data del 2500 a. C. aproximadamente-, en poemas egipcios, en los líricos griegos o en la epigrafía funeraria. Pues bien, en todas esas manifestaciones del tópico, hasta nuestros días, y en cualquier lengua, solemos encontrar siempre los mismos recursos: una mirada a la naturaleza (transcurso de los días o de las estaciones); una reflexión sobre el paso del tiempo; el uso de imperativos y subjuntivos que invitan a disfrutar de la comida, la bebida y el amor como símbolos del placer y el disfrute; y, finalmente, la mención de amenazas sobre un futuro de soledad, vejez y muerte.

De este modo, en la poesía latina arcaica, amor, juventud y carpe diem se unían ya en un fragmento de las Sátiras Menipeas de Varrón (87), en el que se pide a unas jóvenes: “Apresuraos a vivir en la medida en que lo permite vuestra edad joven: divertirse, comer, amar y conducir el carro de Venus”.

Pues bien, del mismo modo, en el pasaje de Séneca que hemos tomado como base de este trabajo, encontramos imperativos y subjuntivos que invitan a disfrutar (“relaja”, “levanta”, “goza”, “mira”…), alusiones negativas al futuro (“la frente triste al viejo”) y términos referidos al paso del tiempo, tal como refleja la significativa e insistente repetición de “ahora”.

Otro texto poético en el que aparece la relación entre juventud y carpe diem es en la Oda I9 de Horacio, en la que el poeta, al llegar la primavera, reflexiona sobre la necesidad de aprovechar el momento, para lo cual se dirige a un joven y le invita a amar mientras pueda:

Ya ves cómo blanquea la alta nieve

en el Soracte; los cansados árboles

bajo el peso sufren; el hielo

áspero inmóviles tiene a los ríos

(…)

No te preguntes más por el futuro

y apunta en tu haber, mozo, cada día

que te dé Fortuna y las danzas

y amores dulces aún no desprecies

 

mientras en tu vigor no haya morosas

canas. Ahora buscar debes el Campo

y las plazas y la nocturna

cita en que se oigan suaves susurros;

 

ahora la grata risa que a la niña

delate en su rincón, ahora la prenda

robada a la muñeca o dedo

que se defiendan con pocas ganas

 (I 9, 1-4 y 13-24. Cf. Carm. I 19; II 3; II 7; III 14 y III 29).

En este caso, nuevamente el paso del tiempo, reflejado en la naturaleza y en sus estaciones, hace reflexionar al poeta, que nos invita a disfrutar del momento mediante imperativos y subjuntivos (“no te preguntes”, “apunta”), o mediante la insistente repetición de “ahora”, unida además en este poema a un inquietante “mientras” y, por supuesto, destacando nuevamente la unión de amor y juventud.

Recursos similares encontramos también en la Oda II 3, en la que se apremia a disfrutar de vino y amor mientras lo permitan las circunstancias, los dioses y la edad:

Manda que allí perecederas flores

del amable rosal y vino aporten,

y ungüentos mientras lo permitan

las circunstancias, la edad y el hilo

negro de las tres Parcas

(II 3, 13-16)

Como último ejemplo de este apartado, en un célebre poema ovidiano (Ars III 59 sigs.), se relaciona el carpe diem, la unión de belleza, amor y juventud, con la metáfora que identifica la vida con un río cuyas aguas no pueden volver nunca atrás:

Acordaos ya desde ahora de la vejez venidera.

Así no se os escapará ningún momento sin advertirlo.

Mientras podéis y decís aún la  verdad de vuestros años,

disfrutad. Pues pasan los años a la manera del agua que fluye:

la corriente que ha pasado no podrá regresar de nuevo,

ni puede tampoco regresar la hora que se fue.

Hay que disfrutar de la edad, pues se desliza esta con rápido pie

y ninguna hora venidera es tan buena como lo fue la primera.

Estas ramas que blanquean ahora  por la escarcha, las he visto yo floridas

y de estas espinas se me dio ya a mí una bonita corona.

Es decir, como aconsejan estos versos, que anuncian ya a Jorge Manrique, hay que disfrutar del río de la vida antes de que esta llegue a su desembocadura, pues ni el tiempo ni la corriente tienen vuelta atrás.

3 EL amor es un sentimiento apropiado solo para la etapa de juventud

Además del aspecto señalado, en el texto de Fedra que nos sirve como punto de partida, y como es propio de una tragedia de Séneca, aparecen también reflexiones marcadas por la filosofía estoica, que invita siempre a vivir de acuerdo con la naturaleza, con la razón y con uno mismo.

En este sentido, los estoicos entienden que la naturaleza está toda ella organizada por una inteligencia o fuego universal, una ley que a todos nos compromete y que se ha identificado con el destino, que todos debemos acatar. Pues bien, si la naturaleza ha determinado la existencia de edades en el hombre, es lógico que haya determinado también determinadas actividades para cada una de esas edades, siendo el amor y las pasiones un sentimiento y una actividad propia de los jóvenes.

En este sentido, entendemos que Séneca (Epist. 12) disfrute ya de la vejez, cuando, según sus palabras, se está ya liberado de esas pasiones que arrastran al joven:

La fruta es muy sabrosa cuando está terminando la cosecha. El final de la infancia ofrece el máximo atractivo. A los aficionados al vino les deleita la última copa, aquella que les pone en situación, que da el toque final a la embriaguez. La mayor dulzura que encierra todo placer la reserva para el final. Es gratísima la edad que ya declina, pero aún no se desploma, y pienso que aquella que se mantiene aferrada a la última teja tiene también su encanto; o mejor dicho, esto mismo es lo que ocupa el lugar de los placeres: no tener necesidad de ninguno. ¡Qué dulce resulta tener agotadas las pasiones y dejadas a un lado!

Para Séneca, pues, es un alivio pasar ya de la etapa de las pasiones a la de la ausencia de ellas.

También Ovidio, aunque desde un punto de vista más literario que filosófico, afirma que la edad que es apropiada para la guerra, esa misma es también la apropiada para el amor (Am. I 9).

E, igualmente, si bien Horacio, en la Oda II 5, aconseja a un amigo olvidarse de Lálage, porque ella aún no está madura ni preparada para el amor, sin embargo, en I 23, anima a la joven Cloe que abandone ya los juegos de niña y se dedique al amor, que es lo propio de la etapa de la juventud:

Me andas, Cloe, evitando como el cervatillo

que a su temerosa madre en extraviados

montes busca en vano

(…)

No sigas corriendo

tras tu madre, que estás

en sazón ya para el hombre

(I 23, vv. 1-3 y 10-12).

No deben extrañarnos estas palabras de Horacio ya que, en la antigüedad, normalmente las mujeres eran bastante más jóvenes que el marido, sobre todo en la Atenas clásica, donde se consideraba ideal un matrimonio entre una mujer de unos catorce años y un hombre de treinta, que ya tuviera una posición social cómoda -no olvidemos que su esperanza de vida era bastante inferior a la nuestra, ya que el promedio de vida en la Grecia clásica era de unos 45 años para los hombres y unos 36 para las mujeres-. Y, en cuanto a Roma, Augusto estableció la edad mínima para el primer matrimonio de la mujer entre los doce y los quince años, de manera que la actitud del marido hacia la mujer era paternalista y condescendiente –no olvidemos tampoco que, si el hombre alcanzaba su mayoría de edad a los 18 años, la mujer no la alcanzaba nunca y dependía siempre de su marido-.

Así pues, es en la etapa de la juventud en la que el hombre debe seguir la naturaleza que ha determinado las edades, y entregarse al amor y sus deleites.

4 Fugacidad de la belleza y críticas a los viejos enamorados

Por otra parte, otro de los temas que se repiten siempre en la relación entre el amor, la juventud y el carpe diem, y que se da en el pasaje citado, es el de la fugacidad de la belleza, una belleza que hace más propicio el amor y que, al perderse en la vejez, haría ridículo este sentimiento entre viejos.

En efecto, para Séneca, la belleza es efímera, como recuerda también otro coro de Fedra y, por lo tanto, hay que amar mientras se es joven y bello:

Belleza, bien dudoso para los mortales,

Efímero regalo, de corta duración,

¡Qué veloz te disipas con presuroso pie!

(vv. 761-3)

Como los lirios, con sus pálidas hojas, se marchitan

Y caen de la cabeza los queridos cabellos,

Como el fulgor que irradia en las tiernas mejillas

Se roba en un segundo y no hay un solo día

Que no arranque un despojo de hermosura del cuerpo.

Una cosa fugaz es la hermosura ¿Quién, siendo sabio

Puede fiarse de tan frágil bien? Gózala, mientras puedes

Te va minando el tiempo sin sentirlo. Y a cada hora

Que pasa otra peor siempre sucede.

(vv. 768-76)

Raros son los varones (examina los siglos)

Que hayan gozado de una belleza inmune.

Que a ti un dios más propicio te deje sin castigo

Y tu noble hermosura llegue a mostrar la imagen de

Una vejez deforme  

                                                                                                                                              (vv. 820-24)

También en las Odas de Horacio encontramos una y otra vez esta advertencia. Así, en la I 4, se indica que el joven Lícidas, fuego ahora para jóvenes y doncellas, pronto no será tan adorado:

La vida tan breve, no admite esperanza larga. Abrazaránte

pronto la noche y fabulosos Manes

y la inane morada plutonia: ya nunca los reinos del vino

a las tabas podrás jugarte en ella

ni a Lícidas ya admirarás, tierno mozo, que inflama a los jóvenes

y por el que arderán pronto las vírgenes

(I 4, 15-20)

Y en la I 25 la advertencia es para Lidia, de edad madura, que empieza a darse cuenta de cómo ya no es tan admirada y cómo -en una nueva alusión del poeta al exclusus amator-, sus puertas permanecen ya siempre cerradas, sin que ningún joven aguarde ansioso fuera…

Ya a menudo los mozos atrevidos

tus cerradas ventanas no apedrean,

ni te desvelan y del quicio amiga

se ha hecho la puerta

 

antes tan complaciente con sus goznes.

(…)

Serás, en cambio, pobre vieja que ante

las arrogancias llore del rufián,

sola en el callejón cuando enloquezcan

los vientos tracios

en la noche sin luna y un deseo

como aquel de las yeguas furor cause

a tu hígado ulcerado por quemante

amor y gimas

 

porque la alegre juventud prefiere

el mirto oscuro y la verdeante yedra…

(I 25, 1-5 y 9-18).

Por eso también, como aconseja Tibulo en el primer poema de su colección (vv. 69-72), las canas no se corresponden bien con las palabras amorosas:

Por lo tanto, mientras los hados lo permiten, disfrutemos nuestro amor

Ya llegará la muerte con su cabeza cubierta de tinieblas

Ya se deslizará sin advertirlo la vida y no convendrá amar

Ni decir halagos con la cabeza cana

(cf. Tibulo I 5 y I 8).

Igualmente, nos parece muy significativo también en este sentido el epigrama XII de Ausonio, en el que el poeta dialoga con una Gala, ahora ya vieja, que no disfrutó de la vida cuando era joven:

Yo te decía: “Gala, envejecemos, se nos escapa la vida.

Disfruta de tu primavera: una muchacha casta es una anciana”.

No me hiciste caso. Sin que te dieras cuenta, te ha llegado la vejez,

y no puedes revivir los días que ya se fueron.

Ahora lo lamentas y te quejas de no haber tenido entonces ese afán,

o de que no tienes ya aquella hermosura.

“Abrázame, sin embargo y disfrutemos unidos del placer olvidado. 

Abrázame y disfrutaré, pues si no es lo que quiero, sí es lo que quise.”

Pero además, unido a esta exaltación de la belleza de los jóvenes y al recuerdo de su fugacidad, es muy frecuente encontrar también en la literatura clásica una dura burla contra los viejos o viejas que pretenden seguir disfrutando del amor.

Así, este tema es muy del gusto de Horacio, el poeta que en sus Odas (I 11) utilizó, precisamente, la expresión carpe diem, y quien se muestra siempre muy preocupado en su obra por el paso del tiempo y los estragos que este causa en el vigor y la belleza de hombres y mujeres.

En efecto, las Odas de Horacio, como estamos viendo, no son un espejo del yo del poeta, no nos desvelan sus propios amores, sentimientos y anhelos como sí lo hacen los poemas de Catulo o de los elegíacos romanos. Su lírica, como indica Vicente Cristóbal, en su introducción a las Odas de Horacio (1997: 12), “se ocupa preponderantemente de lo externo: de los grandes acontecimientos concernientes a la comunidad, de los grandes personajes y también de aquellos que no tienen nombre –o sólo el que, a su capricho, les ha impuesto el poeta-, de los amigos, de los héroes y los dioses, del amor de los otros, de las normas de conducta, del paisaje, del vino, de la literatura”.

Pues bien, en ese amor de los otros, en esa preocupación por lo que le rodea y en su didactismo de hombre maduro cuando compuso esta obra, estamos advirtiendo que muchas de sus Odas se dirigen a un tú, un personaje real o fingido, al que Horacio aconseja o comunica sus reflexiones con sentencias y ejemplos. Y en ese tú al que aconsejar aparecen varios viejos que, en opinión de Horacio, ya no son apropiados para disfrutar del vino y del amor:

Disfrutaste bastante, comiste y bebiste bastante

Ya es momento de replegar las velas

(Epist. II 2, 214-216)

O en la Oda III 15, pide Horacio a la anciana Cloris, madre de la joven Fóloe, que se comporte como corresponde a su edad, que se dedique a la costura mientras deja el amor para su hija:

Esposa de Íbico el pobre,

de una vez termina con tu vicio y célebres

manejos; deja ya, estando

cercana la tumba, de retozar entre

las vírgenes y enturbiar

las estrellas cándidas. Lo que cuadra a Fóloe

no te corresponde, Cloris.

Normal es que asalte tu hija las moradas

de los mozos como tíade

tras el son del tímpano, pues a ella el amor

de Noto a triscar la incita

cual lasciva cabra; pero a ti, ya vieja,

te corresponden las lanas

que junto a la noble Luceria esquilaron,

no cítaras ni purpúreas

rosas ni las jarras hasta la hez bebidas

(III 15)

Además, esta Oda enlaza temáticamente con la IV 13, en la que Horacio le dice a la vieja Lice que se resigne a su edad, y deje de buscar amoríos, pues ya es muy fea y está muy ajada.

También Propercio invita a la amada a disfrutar antes de hacerse vieja y fea:

Todavía no te impiden jugar al amor unos flácidos

Pechos: que se cuide de eso quien se avergüence de

Haber dado ya a luz.

Mientras el destino lo permita, saciemos los ojos de amor:

Se te acerca una larga noche y el día que no volverá

(vv. 21-25)

Y este mismo poeta, en IV 5, nos muestra a una alcahueta diciéndole a una joven que aproveche mientras aún no tiene arrugas.

Pero, tal vez, el ataque más cruel y soez lo encontramos en el epodo VIII, en el que Horacio insulta a una vieja, en un tono erótico y satírico más propio de los epigramas, diciéndole que no debe extrañarle no provocar ya ningún tipo de deseo:

¡Que preguntes tú, podrida hace un siglo,

por qué se enervan mis fuerzas,

con tus dientes negros y tu frente arada

por la edad y tus secas nalgas

entre las que el ano deforme bosteza

de una vaca indigestada!

¡Ah, quizá me inciten tu pecho, tus tetas

fofas como ubres de burra,

tu vientre blandengue, tus mulsos canijos

sobre hinchadas pantorrillas!

¡Bien, bien, sé feliz, efigies triunfales

te acompañen en tu entierro!…

(1-12)

Y este epodo enlaza con otro de contenido similar, el XII, en el que Horacio, por un lado,  increpa a una vieja que le busca con asiduidad, mientras que ella, por otro lado, se queja del escaso vigor del poeta, defendiéndose este por la falta de belleza y la vejez de la destinataria del poema.

Por otra parte, estos insultos y críticas contra las viejas, deben relacionarse igualmente con una literatura de tono misógino, que se recrea en defectos presentados como típicos de las mujeres, que son caracterizadas, ya desde el mito de Pandora, como curiosas, seductoras y persuasivas, y ya desde las comedias griegas de Aristófanes como glotonas, lujuriosas y amantes del vino. Pero es que estos vicios se verían aumentados en las viejas, en las que su fealdad y falta de vigor físico hace aún más ridículas sus ganas de disfrutar.

En efecto, en estas comedias aristofánicas, se pretendía criticar situaciones de hecho contraponiendo la realidad de su época a una utopía disparatada (Gil, 1995), para lo cual se daba una dislocación, una exageración o una reducción al absurdo de la realidad.

Pues bien, en una de estas comedias, en La Asamblea de Mujeres, los jóvenes, antes de acostarse con una muchacha, tenían que hacerlo por ley, obligatoriamente, con una vieja, lo que provocaba la burla y el sinsentido, como en este diálogo:

Vieja: “Me lo llevo a mi casa, que es mío”.

Mujer joven: “Estás loca… siendo tan joven no está en edad de acostarse contigo, que podrías ser su madre. Si establecéis definitivamente esa ley, vais a llenar toda la tierra de Edipos”

(p. 266)

Esta ley motivará que las muchachas jóvenes protesten e insulten a las viejas que se empeñan en tener relaciones con jovencitos:

Muchacha: “No tengas envidia a las jóvenes. Su encanto reside en sus tiernos mulos y florece en sus manzanas. En cambio tú, vejestorio, así depilada y emperifollada eres una novia perfecta para la muerte”

(ibid. p.  254).

E igualmente, en esta crítica irónica contra los viejos y, sobre todo las viejas, que siguen entregándose al amor, encontramos la fábula 22 de Fedro, en la que un hombre de mediana edad tiene relaciones con dos mujeres, una joven y otra vieja. Pues bien, mientras la primera le arrancaba las canas para que pareciera más joven, la segunda le arrancaba los cabellos negros para que no se advirtiera la diferencia de edad, con lo cual el hombre, finalmente, quedó calvo debido a su relación amorosa con mujeres de distinta edad.

En definitiva, la unión de amor y juventud lleva siempre al poeta a recordar la fugacidad de la belleza y a criticar a los viejos que siguen entregándose al amor.

5 CONCLUSIÓN

Partiendo de un texto de la Fedra de Séneca, en el que la nodriza animaba al joven Hipólito a disfrutar del amor y de los placeres mientras tenía aún fuerza y vitalidad, hemos visto cómo, en la literatura latina, pero especialmente en géneros como la elegía o poesía amorosa, en la sátira y en la tragedia, el poeta anima a los receptores a disfrutar de la vida, del amor y de sus placeres mientras se está aún en plena juventud.

Esta invitación es, claramente, fruto de una reflexión hedonista y epicúrea, que apremia al hombre a ser consciente del paso del tiempo y, por lo tanto, a disfrutar de los placeres (comida, bebida y sobre todo amor), mientras se es joven aún, y de ahí todas las manifestaciones que hemos visto del tópico del carpe diem.

Pero creemos que, sobre todo en los pasajes analizados de las tragedias de Séneca, en la relación entre amor y juventud, se esconde también una profunda reflexión estoica acerca de la felicidad del hombre, una felicidad que consiste en dejarse llevar por la naturaleza como guía de la vida, y la naturaleza a lo que enseña, en suma, es a hacer, en cada edad, lo más apropiado, siendo el amor, según hemos visto en la poesía, un sentimiento y actividad propio de jóvenes, pues es en esta edad cuando se aúnan fuerza y belleza.

Tal vez entonces hoy, muchos siglos después, y cuando la vida se ha alargado tanto, lo que habría que plantearse quizás es… hasta cuándo se es joven.

6 BIBLIOGRAFÍA

Aristófanes (1987). La asamblea de mujeres, edic. de L. Macía y J. de la Villa, Madrid: UAM.

Cristóbal, V. (1994). “El tópico del carpe diem en las letras latinas”, Aspectos didácticos del latín, 4: 225-68

Croisille, J.M.  (1964). “Lieux communs dans la Phèdre de Sénèque”, Revue des études Latines, 42: 276-301.

Gil, L. (1995), Aristófanes, Madrid : Los Caballeros.

Horacio (1997). Odas y Epodos, introd. de V. Cristóbal, traduc. de M. Fernández-Galiano. Barcelona : Círculo de Lectores.

Lucrecio (1983). De rerum natura, ed. de A. García Calvo. Madrid: Cátedra.

Propercio y Catulo (1998). Poesía, ed. de M. Dolç y A. Ramírez de Verger. Barcelona: Círculo de Lectores.

Séneca (1999). Tragedias, ed. de J. Luque Moreno. Madrid: Gredos.

Séneca (2000). Epístolas Morales a Lucilio, introd., trad. y notas de I. Roca. Madrid: Gredos.