Censura de las viejas libidinosas que se fingen jóvenes en los epigramas de Marcial.

Censure of Wanton Old Women who pretend to be young in Martial’s epigrams

Censura das velhas libidinosas que fingem ser jovens nos epigramas de Marcial

Joaquín Villalba Álvarez
Profesor Titular, Universidad de Extremadura
DOI: 10.22400/cij.5.e023

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RESUMEN

Los epigramas de Marco Valerio Marcial (40-104 d.C.) son un claro ejemplo de la literatura satírica y moralista del siglo I del Imperio. Agudo observador de la sociedad romana, Marcial critica en sus versos los vicios de su tiempo. Entre sus víctimas preferidas se encuentran las viejas libidinosas que, en contra de lo que exige el decoro moral y social, pretenden seguir siendo jóvenes, disimulando su edad mediante cosméticos y postizos o entregándose a una pasión sexual desenfrenada.

PALABRAS CLAVE
Epigramas latinos, Viejas libidinosas, Marcial
ABSTRACT

The epigrams of Marcus Valerius Martialis (40-104 AD) are a clear example of the satirical and moralistic literature of the first century of the Empire. Acute observer of Roman society, Martial criticizes in his verses the vices of his time. Among its favorite victims are the wanton old women who, contrary to what moral and social decorum demands, pretend to remain young, disguising their age through cosmetics and hairpieces or surrendering to lustful sexual passion.

KEYWORDS
Latin epigrams, Wanton old women, Martial
RESUMO

Os epigramas de Marco Valerio Marcial (40-104 d.C.) são um claro exemplo da literatura satírica e moralista do primeiro século do Império. Observador agudo da sociedade romana, Marcial critica nos seus versos os vícios do seu tempo. Entre as suas vítimas favoritas estão as velhas libidinosas que, ao contrário das exigências do decoro moral e social, fingem permanecer jovens, disfarçando sua idade através de cosméticos e ornamentos ou rendendo-se à paixão sexual desenfreada.

PALAVRAS CHAVE
Epigramas latinos, Velhas libidinosas, Marcial
Recibido ǀ Received ǀ Recebido  21/06/2018,  Aceptado ǀ Accepted ǀ Aceito  18/07/2018,  Publicado ǀ Available ǀ Publicação  31/07/2018 
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Sumario

► Introducción ► El amor en la vejez ► Marcial y las viejas libidinosas ► Las viejas llenas de afeites y postizos ► Las viejas ricas, objetivo de cazadotes ► Bibliografía

 

Amare iuveni fructus est, crimen seni

“Amar es un disfrute para el joven, un delito para el viejo”

(Publilio Siro)

 

1         INTRODUCCIÓN

La literatura latina siempre se ha caracterizado por su signo profundamente moralista. En la mayor parte de los géneros literarios que cultivaron los escritores romanos subyace un juicio crítico de aquellos comportamientos inapropiados y alejados de las virtudes que debe atesorar un romano. Séneca es un claro ejemplo de autor que se sirve de diversos cauces de expresión literaria para plasmar sus arraigadas convicciones estoicas. Cauces que van del diálogo filosófico a las epístolas morales, de la consolación a la tragedia, género este último cuyos personajes se debaten entre la razón y la locura, entre la virtud y el vicio, entre el bien y el mal, en definitiva. Incluso un tratado científico como las Naturales Quaestiones responde al propósito de vincular la ética y la física desde el pensamiento racionalista de su autor.

También la historiografía clásica encierra un claro valor moralizante, en la medida en que la transmisión de los buenos ejemplos del pasado incita a su imitación por parte de los lectores del presente. Se trata de una idea que Cicerón plasmó a la perfección en la célebre expresión que podemos leer en De oratore: Historia magistra vitae, “la historia es maestra de la vida”.

El heroísmo patriótico de la épica, las enseñanzas de la fábula o el escarmiento que acaban sufriendo determinados personajes en la comedia obedecen igualmente a este rasgo moralizante que define a la literatura latina. Y lo mismo cabe decir de la sátira o el epigrama, sin duda alguna los géneros literarios más idóneos para expresar lo que se conoce como Italicum acetum, “el vinagre itálico”, el punzante y corrosivo ingenio que caracteriza a los romanos.

En suma, podría decirse que la literatura latina presenta cierto aire reaccionario que le lleva a criticar enérgicamente la subversión del orden establecido, la pérdida de las buenas costumbres, el olvido de un pasado en el que todo funcionaba correctamente y en el que la virtud triunfaba sobre el vicio y la degeneración. Es conocida la sensación de desolación que aflige a algunos historiadores latinos en cuyos escritos se percibe la idea de que la prosperidad de Roma trajo consigo el lujo y la depravación, lo que puso fin a la primitiva sencillez y la nobleza de costumbres que identificaron a los romanos en tiempos de la República. En este sentido, la virtud que atesora Yugurta en el relato de Salustio o la de los rudos pero nobles germanos que nos pinta Tácito en su tratado sobre Germania contrasta con la corrompida y decadente sociedad romana. Valerio Máximo va más allá y señala como punto de inflexión de este hecho el triunfo romano en la segunda guerra púnica.

Al hilo de lo anterior, la queja contra el momento presente y la pesarosa añoranza del pasado constituye un lugar común de la literatura occidental que se remonta igualmente a la Antigüedad clásica. Esta idea aparece recogida en el verso de nuestro Jorge Manrique “cualquier tiempo pasado fue mejor”, un verso parafraseado hasta la saciedad en muchas canciones de nuestro tiempo y que ha pasado a formar parte de la cultura occidental bajo diversas formas pero con un significado equivalente. Véase, por ejemplo, el adagio Semper superioris anni proventus melior (“siempre fue mejor la cosecha del año pasado”), que Erasmo tradujo a su vez del griego.

Por otra parte, esa idea de que el mundo ha cambiado a peor guarda cierta relación con el tópico clásico del adynaton o impossibile. Se trata de un recurso empleado por los autores grecolatinos para magnificar algún asunto a través de su comparación hiperbólica con algo imposible y contrario a la lógica, normalmente asociado a la naturaleza. Tenemos bastantes ejemplos en la literatura latina, en especial en los géneros poéticos. Así, su uso es frecuente en la poesía elegíaca, tanto en un sentido positivo (para reafirmar el amor incondicional del poeta) como negativo (para ilustrar la crueldad inamovible de la amada), esto es, como medio de formular un amor imposible de perder o de recuperar, según el caso. Pongamos un ejemplo de cada sentido, sacados de Propercio. En sentido positivo, como juramento de amor eterno: “Los profundos ríos fluirán en dirección opuesta al mar y el año invertirá el curso de las estaciones antes que mi amor por ti mude en mi pecho” (Propercio, Elegías 1.15.29-31). Y también en sentido negativo, como invectiva a la indecencia de las mujeres: “Antes podrías secar las aguas del mar y alcanzar con tu mano mortal el alto firmamento que conseguir que nuestras mujeres huyan del vicio” (Propercio, Elegías 2.32.49-51)

Este último ejemplo nos da la clave de otro uso del tópico: el de la inversión de papeles en el plano social como plasmación de la decadencia moral de la sociedad. Este sesgo moralista, ajeno al tema amoroso, se remonta a los yambos de Arquíloco de Paros (s. VII a.C.), quizá el precedente más antiguo del tópico, y se mantiene más adelante en las comedias de Aristófanes, caracterizadas por su agudo sentido crítico contra la sociedad ateniense. En la literatura latina lo vemos en la crítica de los males de Roma que Horacio recoge en su Epodo 16 o en la epístola en que Séneca llama la atención sobre una nueva raza de mortales que, como los antípodas, duermen de día y se van de juerga por la noche (Epístolas morales a Lucilio 122). Este sesgo moralizante tiene una presencia aún mayor en la literatura medieval, donde estos adynata o impossibilia dan forma al tópico que Curtius denomina “el mundo al revés”, en el que la mención de una serie continuada de hechos insólitos y contrarios a la razón implica cierta decadencia moral de la sociedad, por lo que no es extraña su presencia en la literatura de corte satírico y caricaturesco, en forma de crítica grotesca del tiempo presente y muy especialmente del estamento del clero. El poema incluido en Carmina Burana que recoge el propio Curtius (1995: vol. 1, p. 143) es claramente sintomático a este respecto. En cualquier caso, esta idea del mundo al revés se observa desde su propio nacimiento tanto en el ámbito culto y literario como en el popular. Dice Curtius (1995: vol. 1, p.  146) que “el trueque de papeles en el mundo animal es un adynaton muy antiguo que suele expresarse en forma de refrán”. Todavía hoy, expresiones del tipo “Dios está loco y la Virgen tira piedras” o “los pájaros se tiran a las escopetas” sirven para ilustrar esa crítica de conductas ajenas a toda lógica.

Aunque sin relación expresa con el motivo literario del adynaton ni con el tópico medieval del mundo al revés, muchos de los comportamientos indebidos que se censuran en la sátira o el epigrama latinos bien podrían considerarse –siquiera vagamente- un tipo particular de esta tergiversación de la realidad y de las buenas costumbres de la que venimos hablando. Y en eso centraremos nuestra atención en las páginas que siguen, en las que realizaremos un recorrido por los epigramas del poeta latino de origen hispano Marco Valerio Marcial (40-104 d.C.) con el fin de analizar un tipo peculiar de personaje que se repite con cierta frecuencia en sus composiciones: el de las viejas libidinosas que pretenden hacerse pasar por jóvenes, en la medida en que son un síntoma de la corrupción de los tiempos y del trastorno de las leyes sociales y naturales que el poeta pretende reflejar en sus epigramas. Este tema de las viejas que se conducen de manera impropia de su edad constituiría una especie de adynaton que ha dejado de ser “imposible” para convertirse en una realidad en la sociedad romana del Imperio, una realidad que invita a su censura.

 

2         EL AMOR EN LA VEJEZ

La cuestión del amor en la vejez (senilis amor, amor in senectute) es un motivo literario de raigambre clásica que ya ha suscitado el interés de muchos estudiosos en el pasado. Sirvan a modo de ejemplo trabajos recientes como el de Moreno Soldevila, que ofrece una precisa revisión del tema en su Diccionario de motivos amatorios en la literatura latina (págs. 62-67); o el de Arcaz Pozo (2012), que a partir de la abundante bibliografía al respecto centra su atención en el contexto de la poesía elegíaca latina y más exactamente en la obra de Tibulo, Propercio y Ovidio, amén de otros poetas menores como Lígdamo o Maximiano. Si exceptuamos a este último –que compuso sus poemas a una edad avanzada y por tanto plasma en ellos su propia experiencia de que la pasión mengua en la vejez- la visión que los principales elegíacos latinos tienen del amor senilis suele ser favorable en la medida en que simboliza la perdurabilidad del amor, esa idea romántica del anciano que envejece al lado de la amada que en el mito representan Filemón y Baucis; y en un sentido más general, representa la advertencia de la inevitabilidad del paso del tiempo y la invitación a disfrutar del amor en la juventud, antes de que sea demasiado tarde. Lo expresa muy bien Tibulo (Elegías 1.8.42-43): “Ay, tarde se llama al amor, tarde a la juventud cuando la vejez tiñe de canas la anciana cabeza”.

Además de en la poesía elegíaca, el motivo del amor en la vejez es habitual en la literatura cómica y satírica, aunque siempre desde una perspectiva bien diferente: no desde una ponderación positiva del amor duradero sino como censura de un comportamiento ridículo e inapropiado. Lo comprobamos en algunas de las comedias plautinas en las que los viejos libidinosos al final salen mal parados. Piénsese, por ejemplo, en el Deméneto de Asinaria o en el Lisidamo de Casina. Para el caso de las viejas lascivas, que es el que nos ocupa, el precedente más claro en la comedia es el amplio pasaje de Asambleístas de Aristófanes en que tres viejas brujas se disputan a un atractivo joven. En Plauto no encontramos ningún ejemplo aplicado al sexo femenino más allá de la escueta referencia a las viejas llenas de afeites que se mencionan en Mostellaria (vv. 275-278).

El asunto de las lascivae vetulae aflora también en diversas ocasiones a lo largo de la poesía de Horacio: de un modo más delicado y aséptico en sus Odas (como por ejemplo 1.25, 3.15 o 4.13) y con obscena crudeza en los Epodos 8 y 12. Como muy bien ha señalado Suárez Martínez en un artículo cuyo significativo título es “Horacio y las viejas libidinosas”, esa diferencia de tono responde en último término al distinto género literario en que se enmarcan las Odas y los Epodos: poesía lírica y poesía yámbica, respectivamente.

Pero es sin duda en la sátira y el epigrama donde el motivo adquiere un tratamiento más amplio y variado, obviamente por la propia naturaleza de ambos géneros. Por otra parte, conviene señalar de antemano que la censura del senilis amor –o mejor cabría decir de la senilis lascivia– se circunscribe de manera casi exclusiva al universo femenino. Esto puede explicarse desde la concepción clásica de la mujer como depositaria de la virtud –tal vez por su papel preponderante en la procreación-, lo que le obligaba a dar ejemplo siempre de corrección y moralidad; o también desde la convicción por parte de los autores latinos de que el escaso atractivo de una anciana no daba pie a que tuvieran o provocaran deseos sexuales. Mucho se ha escrito sobre la misoginia de la literatura grecolatina, y todos tenemos en mente la célebre expresión que Plutarco pone en boca de César: “la mujer del César no sólo debe ser honesta; también debe parecerlo”.

Juvenal dedica toda una sátira precisamente al tema de la indecencia femenina. A lo largo de los 661 versos que componen su sátira sexta van desfilando diversos tipos de mujeres que tienen como denominador común su inclinación al vicio. Por supuesto, aparecen también impúdicas ancianas que, por ejemplo, utilizan el griego como arma de seducción, algo propio de las prostitutas en la intimidad o educan en la desvergüenza a sus propias hijas buscándoles un amante.

 

3         MARCIAL Y LAS VIEJAS LIBIDINOSAS

Y, finalmente, llegamos al epigrama. En la literatura latina, Catulo primero y Marcial después dieron rienda suelta a su ingenio en unas composiciones destinadas a mortificar y escarmentar todas aquellas usanzas de la sociedad romana de su tiempo que merecían una ácida censura moral. Y el tema de las viejas lascivas está presente tanto en el centenar largo de composiciones del poeta veronés como –de una manera más profusa- en la vasta producción epigramática del bilbilitano, que supera el millar de poemas.

A la hora de marcar la desvergüenza de estas viejas libidinosas, Marcial recurre habitualmente a la exageración grotesca de los dos rasgos principales que definen el carácter de las mismas: su provecta edad y su prurito sexual. Es lo que ocurre, por ejemplo, en el epigrama 3.93, cuya protagonista, que atiende al significativo nombre de Vetustila (“Añeja”, “Vejestorio”, “Más que vieja”), presenta el aspecto decrépito y repulsivo de quien ya ha cumplido los trescientos años. Marcial exagera el aspecto de su víctima por medio de comparaciones que rayan en lo cruel y la mención de personajes de una longevidad proverbial en su tiempo, como Satia o Filomelo, lo que seguramente provocaría la carcajada del lector de la época. Termina el epigrama con una brillante e insólita analogía entre la tea conyugal que acompaña a la recién casada y la tea funeraria, que en realidad se ajusta más a una “novia” como Vetustila:

“Después de haber conocido trescientos cónsules, Vetustila, cuando te quedan tres pelos y cuatro dientes, y tienes pecho de cigarra, piernas y color de hormiga, una frente más arrugada todavía que tu manto, y unos pechos como telarañas, cuando las fauces del cocodrilo del Nilo son pequeñas en comparación con tu boca abierta, cuando croan mejor las ranas de Rávena y es más dulce el canto del mosquito de Atria, cuando ves lo que las lechuzas ven de día y hueles a lo que huelen los machos cabríos, cuando tienes la rabadilla de una gansa flaca y un coño más huesudo que un viejo cínico, cuando el encargado de los baños sólo te deja pasar junto con las prostitutas de los cementerios y una vez que se han apagado las luces, cuando para ti agosto es pleno invierno y ni el aire malsano te permite entrar en calor, tienes la desfachatez de querer casarte después de enviudar doscientas veces y como loca pretendes que un marido se excite con tus restos ¿Qué pasaría si quisiese excitarse con el sepulcro de Satia? ¿Quién te llamará cónyuge, quién esposa, a ti que hasta hace poco Filomelo te llamaba abuela? Pero si lo que quieres es que hagan cosquillas a tu cadáver, que se disponga un lecho en el triclinio de Ácoro, el único lecho que viene bien a tus nupcias, y que la antorcha ante la recién casada la porte el incinerador. Sólo una tea funeraria puede entrar en semejante coño”.

Otro ataque brutal y desmedido a una vieja libidinosa podemos encontrarlo en el epigrama 10.67. En esta ocasión, Marcial se sirve con gran acierto de la estructura formal de un epitafio para zaherir a una tal Plucia. El poeta ridiculiza la extraordinaria vejez de su víctima considerándola contemporánea y pariente de remotos personajes mitológicos cuya característica principal es, también, su avanzada edad (Pirra, Néstor, Níobe, Laertes, Príamo, Tiestes), a lo que cabe añadir la típica mención a la corneja que ya aparece en un contexto similar en Horacio (Odas 4.13) y que, según la creencia de los antiguos, podía vivir hasta nueve generaciones, como refiere ya Hesíodo (frag. 304). Como era de esperar, en los últimos versos asistimos al dardo definitivo de Marcial a Plucia: ni siquiera después de muerta remite su apetito sexual, pues en la misma tumba se excita con el que está enterrado junto a ella, el calvo Melantión:

“Hija de Pirra, madrastra de Néstor, a quien Níobe de niña ya conoció con canas, a quien el viejo Laertes llamó abuela, Príamo nodriza y Tiestes suegra, que ha sobrevivido ya a todas las cornejas, Plucia, que yace al fin en este sepulcro, se pone cachonda al lado del calvo Melantión”.

Al hilo de esto mismo, otra peculiaridad que Marcial considera inapropiada para una mujer de cierta edad y condición es su lenguaje, como sucede con la Lelia del epigrama 10.68. Se trata de una rica matrona que, a pesar de vivir en el Vicus Patricius, una zona residencial de postín en la antigua Roma, se atreve a hablar en griego con la dulzura y afectación propias de una prostituta. Ya hemos señalado más arriba hemos señalado cómo Juvenal considera indigno el hecho de que una mujer se exprese en griego, y más si cabe si se trata de una anciana: “¿También tú, que ya vas para los ochenta y seis años, sigues hablando en griego? Este modo de hablar no resulta decente en una vieja” (Juvenal, Sátiras 6.192-194).

Por otra parte, el desmedido apetito sexual de estas viejas rijosas las incita a contravenir la castidad y el decoro y a mancillar las instituciones sociales más venerables desde el punto de vista moral, como son la familia o el matrimonio: Gala (Epigr. 2.34) agasaja a su amante Fíleros mientras sus tres hijos se mueren de hambre; Amiano (Epigr. 2.4) se entrega al incesto con su propia madre y Galo (Epigr. 4.16) con su madrastra, incluso cuando su padre aún estaba vivo; finalmente, Telesila (Epigr. 6.7), regodeándose de la Lex Iulia de Adulteriis Coercendis que Domiciano había restaurado para castigar el adulterio, se ha casado diez veces en un mes, lo que la convierte en una adúltera al amparo de la ley.

 

4         LAS VIEJAS LLENAS DE AFEITES Y POSTIZOS

Otro aspecto llamativo que ayuda a comprender la relajación moral de estas vetulae y que quebranta igualmente cualquier respeto debido a los años es su obstinado afán por aparentar una juventud que ya no poseen, renegando de su edad auténtica o disimulándola mediante cosméticos y otras prácticas de lo más variopintas, algo a todas luces indecente a los ojos de un moralista como Marcial. Algunas, por ejemplo, sienten reparo en reconocer su verdadera edad, como la Basa de 5.45, que se cree joven y hermosa, a lo que el poeta responde de forma lapidaria: siempre se dice lo que no se es.

Un epigrama que presenta ciertos elementos en común con el tópico del mundo al revés que mencionábamos más arriba es 4.20. En él, Marcial critica el modo de proceder de sus dos protagonistas femeninas: mientras que la joven Cerelia quiere aparentar que es mayor –quizá para equilibrar su edad a la de un posible amante entrado en años-, la vieja Gelia, en la línea de muchos otros poemas satíricos, se cree una niña. Ambos comportamientos antinaturales merecen la repulsa del poeta.

Los ejemplos en Marcial son abundantísimos. En 1.100, Afra finge sus años asegurando que sus padres aún viven. La réplica final de Marcial es contundente: Afra es la mamá más vieja de todos los papás y las mamás.

En 10.39 vemos una acumulación de exageraciones jocosas en torno a la edad de una tal Lesbia: ella, entre bromas, reconoce que nació durante el consulado de Bruto, esto es, cuando se instauró la república (509 a. C). Pero ni aun así dice la verdad. Marcial va más atrás en el tiempo: tampoco nació en la época del mítico rey Numa Pompilio, sino que fue Prometeo el que la modeló en barro, al comienzo de los siglos:

“Juras que naciste cuando Bruto era cónsul, Lesbia, pero mientes. ¿No naciste, Lesbia, cuando era rey Numa? También mientes. Pues, según narran las generaciones que has vivido, podría decirse que Prometeo te modeló con su barro”.

Otro aspecto que ayuda a precisar la indecencia de estas vetulae que se quieren hacer pasar por jóvenes es su uso de distintos mejunjes y postizos para disimular sus muchos años. Todo con un único fin: dar rienda suelta a su lujuria. Por otra parte, los ataques a defectos físicos derivados de la edad son recurrentes en los epigramas de Marcial: por sus páginas desfilan innumerables viejas desdentadas, calvas o malolientes con las que el poeta se ensaña de un modo especialmente cruel. De Gelia –tal vez la misma del epigrama 4.20- critica Marcial su afición a atiborrarse de perfumes, algo que él mismo podría hacer, si quisiera, con su perro. En 5.43 se compara a dos viejas, Tais y Lecania, la primera tiene los dientes negros, la segunda blancos como la nieve. ¿Por qué? Porque aquella conserva los suyos, los de ésta son postizos.

Particularmente hiriente al respecto es el epigrama 9.37, en el que Marcial hace oídos sordos a las procaces insinuaciones de la vieja prostituta Gala, que encubre su decrépito aspecto por medio de mil cremas y postizos, y ni aun así puede despertar la libido del poeta, como puede leerse en el antológico remate que cierra la composición:

“Aunque te quedes en casa y te acicalen en mitad de la Subura, aunque te fabriquen el pelo que ya no tienes, Gala, y de noche te quites los dientes igual que te quitas las prendas de seda, aunque te acuestes oculta bajo cien potingues y ni siquiera tu rostro duerma contigo, me haces señas con las cejas que te ponen por las mañanas y no tienes ningún respeto por tu coño cano, al que ya puedes contar entre tus antepasados. Aun así me prometes mil placeres, pero mi polla es sorda, y por muy tuerta que sea, te ve”.

Una argucia quizá más original –aunque no por ello pase desapercibida a este censor moral de su tiempo que es Marcial- es la que traza la vieja y horrorosa Fabula que protagoniza el epigrama 8.79.

“Todas tus amigas o son viejarronas o feas o más horribles que las viejarronas. Contigo las llevas y las traes como acompañantes por banquetes, pórticos y teatros. Sólo así pareces hermosa, Fabula, sólo así joven”.

Para parecer más joven y más bella, este vejestorio no recurre a ningún cosmético ni tampoco a postizos que disimulen los estragos del paso del tiempo: simplemente se hace rodear de mujeres más viejas y más feas que ella, para así conseguir “entre feas ser hermosa y entre viejas niña ser”, como certeramente tradujo el canónigo Manuel de Salinas en su versión del citado epigrama que Baltasar Gracián reproduce en su Agudeza y arte de ingenio.

 

5         LAS VIEJAS RICAS, OBJETIVO DE CAZADOTES

De la mano de la abultada legión de viejas libidinosas que desfilan por los epigramas de Marcial surge una curiosa figura que se repite en numerosas composiciones, como es el captator o cazadotes: las viejas ricas, a las que se presupone además esa inclinación a la lujuria de la que venimos hablando, constituían por ello mismo un blanco fácil para esta clase de arribistas dispuestos a medrar y enriquecerse por cualquier medio. El matrimonio con una vieja rica podía considerarse una inversión que podía traer beneficios a corto plazo, porque la avanzada edad de la recién casada auguraba una muerte cercana y por consiguiente la esperanza de heredar más pronto que tarde.

Cuando Juvenal dibuja en su sátira primera el panorama desolador que le ofrece la Roma del momento y que le incita a afirmar aquello de “cuando el talento no da para ello, es la indignación la que inspira los versos”, uno de los personajes que enumera entre la larga serie de nuevos y exitosos “héroes” de la decadente Roma del Imperio es el cazador de testamentos, que alcanza la fama y el éxito por la vía más segura: la entrepierna de una vieja rica (vetulae vesica beatae).

Bien es cierto que el objetivo de estos cazadotes puede ser algún viejo acaudalado al que agasajan con regalos para lograr su interesado propósito de heredar (véanse, por ejemplo, los epigramas 6.63 y 8.27), pero es mucho más frecuente encontrar composiciones en los que la censura de este tipo de acciones tiene como protagonista a alguna vieja rica. El epigrama 1.10 es un claro ejemplo del tipo llamado “escommático”, caracterizado por la presentación de una situación rematada en un ataque final inesperado y jocoso: en los dos primeros versos creemos encontrarnos ante el típico poema amoroso, pero esta situación inicial pronto da un vuelco radical y, frente a lo que cabría esperar –que él la pretende porque ella es hermosa y joven-, culmina de forma brusca con la razón oculta de la pasión de Gemelo:

“Gemelo pretende casarse con Maronila; la desea, le insiste, le suplica y le hace regalos. ¿Tan bella es? En absoluto, no hay cosa más fea. ¿Qué es, pues, lo que le llama la atención y le gusta de ella? Que tose”.

Encontramos también variantes sobre este mismo tema, como por ejemplo aquellos epigramas en que es el personaje masculino el que, obligado por la necesidad, aspira a casarse con una anciana. Es lo que le ocurre al menesteroso Gelio del epigrama 9.80, que contrae matrimonio con una vieja rica (locuples anus) que, al mismo tiempo, se caracteriza por su incontinencia sexual. La gracia de la composición descansa sobre el doble significado –en ambos casos repleto de connotaciones sexuales- del verbo pascere: “alimentarse” o “comer de alguien”, pero también “dar de comer”. De este modo, el sentido del poema es ambiguo y ha dado pie a dos interpretaciones distintas por parte de la crítica. Ofrecemos, pues, las dos traducciones posibles del epigrama, si bien nos decantamos por la primera, dado que, por una parte, logra una sensación de paradoja que casa perfectamente con el efecto satírico que persigue siempre Marcial, y por otra, refleja mejor el nivel de envilecimiento del protagonista masculino, al que la necesidad le ha impelido a una práctica tan degradante para la mentalidad romana como es el cunnilingus:

  1. “Un pobre hambriento se casó con una vieja rica: Gelio come de su mujer y se la folla”.
  2. “Un pobre hambriento se casó con una vieja rica: Gelio da de comer a su mujer y se la folla”.

Cuando el hambre aprieta, algunos llegan incluso a cambiar su orientación sexual. Es lo que ocurre en el epigrama 11.87, donde se describen los estragos que puede producir la veleidosa fortuna. Caridemo, en otro tiempo un acaudalado homosexual, se ve ahora forzado por la miseria a buscar una vieja rica y libidinosa que lo mantenga:

“En otro tiempo fuiste rico, pero entonces eras maricón y no conociste mujer alguna durante mucho tiempo. Ahora andas tras las viejas. ¡A qué cosas obliga la necesidad! Ella te ha convertido, Caridemo, en un follador.

A veces es el propio Marcial en primera persona el que protagoniza el epigrama, aunque hay que decir que siempre se trata de un protagonismo pasivo, es decir, que son las viejas ricas y rijosas las que se ofrecen al poeta, lo que sirve nuevamente para acentuar su rasgo principal: la lascivia. De hecho, Marcial asegura en varias ocasiones que no siente ningún deseo por las mujeres de avanzada edad (véase por ejemplo 3.32) e incluso en su libro de Xenia –que contiene pequeños poemas que acompañaban a los regalos que se hacían a los amigos durante las Saturnales-, recomienda las cebollas como remedio afrodisíaco para quien no experimente erección alguna con su vieja esposa. Pero vayamos a los ejemplos. La descocada Paula (10.8) pide al poeta que se case con ella, a lo que éste se niega, aunque no lo descarta del todo en un futuro no muy lejano…:

“Paula desea casarse conmigo. Yo no quiero casarme con Paula: es vieja. Querría, si fuese más vieja”.

Un último ejemplo en que Marcial se refiere a su experiencia personal –ficticia o no- con las viejas libidinosas, es el epigrama 11.29, en que el poeta confiesa que no experimenta ninguna excitación sexual ante las caricias y las palabras cariñosas que le ofrece la anciana Filis. Ante esta situación, en la segunda parte del poema Marcial recomienda a su interlocutora que cambie de táctica y le diga las palabras que sí quiere oír y que seguramente estimularán su apetito:

“Cuando con tu mano de vieja empiezas a toquetear mis lánguidas partes, tu pulgar acaba conmigo, Filis. Y cuando me llamas “ratoncito”, “ojito mío”, pienso que difícilmente me podré venir arriba en diez horas. No tienes ni idea de cómo dar cariño. Dime mejor: ‘Te voy a dar cien mil sestercios, te voy a dar unas yugadas seguras de tierra en Setia; toma vinos, casa, esclavos, vajillas con incrustaciones de oro, mesas. No necesito tus dedos: menéamela mejor así, Filis”.

En conclusión, el tema del senilis amor, del amor en la vejez, cuenta con una amplia tradición en la literatura grecolatina. De una manera más poética e inmaculada en el caso de la poesía elegíaca, como símbolo de un amor duradero, de una manera más mordaz en el caso de la literatura cómica y satírica. Dentro de esta última hemos comprobado la existencia de un significativo número de composiciones que tienen como tema central el de las viejas libidinosas que, en contra de lo que exige el decoro en una persona de cierta edad, se entregan a las más bajas pasiones. Se trata de una vertiente con un claro objetivo satírico y moralizante que se remonta a los yambos de Arquíloco de Paros, que continuó en el tiempo hasta llegar a la Roma augústea (que tiene en Horacio a uno de sus más fieles cultivadores, no tanto en sus Sátiras sino de manera más acentuada en las Odas y los Epodos) y que perduró y se perfeccionó un siglo después, de la mano de Juvenal y, sobre todo, de Marcial.

Por otra parte, la censura de las viejas libidinosas en Marcial contiene varios de los rasgos que caracterizan a la literatura latina de manera general y a la sátira y el epigrama en particular. De un lado está la crítica moralizante, orientada a corregir cualquier comportamiento que excede a la integridad y a las costumbres tradicionales de Roma. Del otro lado está la tan traída misoginia de la literatura clásica grecolatina, sobre la que tantos ríos de tinta se han vertido, una misoginia que en última instancia constituye un lugar común de la poesía satírica latina desde Lucilio y que alcanza su máxima expresión en la sátira sexta de Juvenal y en numerosos epigramas de Marcial, como los que hemos analizado aquí.

Para terminar, y aunque sólo sea por rebajar el tono acalorado de estas páginas, incluiremos un epigrama de Marcial en el que también se aborda el tema del senilis amor, pero desde una perspectiva bien distinta y más acorde al que podemos encontrar en la tradición elegíaca de Catulo, Propercio o Tibulo: el amor en la vejez como símbolo ineludible de un amor duradero, como exaltada y sentida alabanza de ese sentimiento llamado amor, representada por el ideal de envejecer juntos los esposos. Se trata del epigrama 4.13, escrito a la manera de un epitalamio con el que Marcial desea una felicidad eterna a los recién casados, su amigo Aulo Pudente y su flamante esposa Claudia Peregrina. A la típica invocación a Himeneo, la Concordia o Venus, divinidades todas adscritas al matrimonio, hay que sumar los votos con que Marcial cierra el poema para que ambos disfruten de un amor mutuo e imperecedero.

“Rufo, Claudia Peregrina se casa con mi querido Pudente: bendícelos, Himeneo, con tus antorchas. Así de bien se mezcla el escaso cinamomo con el nardo, así de bien el másico con los panales de Teseo; no es mejor la unión del olmo con las tiernas vides, ni quiere más el loto a las aguas, el mirto las orillas. Reside, Concordia, brillando en su tálamo eterno y que sea Venus siempre neutral en un yugo equitativo: que en el futuro ella lo ame anciano, y que entonces también ella no le parezca vieja a su marido, aunque lo sea”.

 

6         Bibliografía

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