Homoerotismo e juventude na Antologia Palatina

Homoerotism and youth in the Palatine Anthology

Homoerotismo y juventud en la Antología Palatina

Doutor Ramiro González Delgado
Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Extremadura, rgondel@unex.es
DOI: 10.22400/cij.4.e018
RESUMEN

En este trabajo nos hemos propuesto mostrar y analizar la imagen que el libro XII de la Antología Palatina, de contenido homoerótico e irónico, ofrece de la juventud, representada por deseados efebos adolescentes. Así, a través de recursos y tópicos literarios, veremos diferentes temas, como la edad ideal, la belleza, la exhortación al goce y disfrute de la juventud antes de que esta termine (con la salida del vello y la temida barba), y la prostitución.

PALABRAS CLAVE
homoerotismo, juventud, efebos, Antología Palatina, epigrama
ABSTRACT

The aim of this paper is to show and to analyse the image of youth given by Book XII of the Palatine Anthology, whose subject-matter is homoerotic and ironic, and its representation of the young is created by desirable adolescent ephebes. Thanks to literary resources and clichés, different topics will be studied, such as the ideal age, beauty, exhortation to the enjoyment of youth before it ends (when the hair grows up and the dreaded beard starts to come out), or prostitution.

KEYWORDS
homoerotism, youth, ephebes, Palatine Anthology, Epigram
RESUMO

Neste trabalho mostramos e analisamos a imagem que o livro XII da Antologia Palatina, de conteúdo homoerótico e irónico, oferece da juventude, representada por desejados efebos adolescentes. Assim, através de recursos e tópicos literários, veremos diferentes temas, tais como a idade ideal, a beleza, a exortação ao gozo e prazer da juventude antes do seu fim, com a saída do pelo e a temida barba, e a prostituição.

PALAVRAS CHAVE
homoerotismo, juventude, efebos, Antologia Palatina, epigrama
Recibido / Received / Recebido  15/11/2017,  Aceptado / Accepted / Aceito  12/12/2017,  Publicado / Available / Publicação  31/01/2018 
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Sumario

► Introducción ► El epigrama y la Antología Palatina ► Edad y belleza de los efebos ► El goce y disfrute de la juventud ► El fin de la juventud ► Efebos y prostitución ► Conclusiones ► Bibliografía

1      Introducción

En la Grecia clásica no tiene cabida el concepto de ‘homosexualidad’ tal y como hoy lo conocemos, por eso preferimos utilizar en este trabajo el término ‘homoerotismo’. Por un lado se distinguen ciudadanos y esclavos, éstos últimos sometidos a la voluntad de sus amos, y, por otro, la pasión erótica entre hombres se establecía entre un adulto y un adolescente. El hombre griego debía contraer matrimonio, pues eran necesarios hijos legítimos (la ciudadanía quedó reservada a los nacidos de padre y madre atenienses, por ejemplo), pero también establecer relaciones afectivas y sexuales con muchachos para iniciarlos en la edad adulta. Así, se consideraba normal que un hombre se sintiese atraído tanto por jóvenes imberbes como por mujeres, incluso que se inclinara más hacia alguna de las dos partes, pero no existía la idea de opción sexual (véanse los manuales ya clásicos de Dover, 2008; Buffière, 1980; Cantarella, 1991; Davison, 2007). Además, debemos tener en cuenta que la sociedad de la Grecia de la Antigüedad era completamente androcéntrica (la función de la mujer era proporcionar futuros ciudadanos y cuidar del hogar, desacreditándole su capacidad intelectual y vetándola en los espacios masculinos) lo que favorecía, en las familias eupátridas, estas relaciones entre varones adultos y adolescentes, que tenían un componente educativo y preparaban al joven para el ejercicio de sus funciones como futuro ciudadano. El muchacho ofrecía su juventud, belleza y compromiso al hombre mayor, que se encargada de educarlo, protegerlo y darle ejemplo, estableciéndose entre ambos un vínculo afectivo, compartiendo un mismo estatus social y respeto mutuo. Sin embargo, junto a este comportamiento aceptable, había otros comportamientos deplorables que atentaban contra la moral de la época, en el caso de que no se cumplieran las reglas (por ejemplo, si el adolescente cedía fácilmente a las insinuaciones de varios adultos, o permitía ser penetrado, lo que demostraría que no tiene el control sobre sus propios deseos y, por tanto, no se le consideraría apto para votar como ciudadano en la asamblea).

Una obra literaria que recrea esta temática, desde un punto de vista irónico, es el libro XII de la Antología Palatina. Sus poemas homoeróticos, a día de hoy, llaman nuestra atención, pues la mayoría son poemas de amor ‘pederástico’. Por ello no debemos malinterpretar este tema, sino entenderlo dentro de su contexto: la pederastia en la antigua Grecia no se refería al abuso sexual cometido contra un niño (lo que hoy en día se entiende por ‘pederastia’), sino a la relación de índole sexual entre un adolescente de familia de buena posición social y un varón adulto (que puede ser su pedagogo, un pariente, un amigo del padre…) que el joven escogía entre los hombres que lo cortejaban. La pederastia fue una institución arraigada en diversos ámbitos de la sociedad griega y su rasgo definitorio fundamental era la educación del joven ‘amado’ (ἐρώμενος) por parte del ‘amante’ (ἐραστής) adulto. Se esperaba que el erómenos respetara y honrara al erastés, pero no que lo deseara sexualmente. En Sócrates, Platón y los estoicos aparecía una imagen idealizada de la pederastia, libre de contacto sexual, como un impulso puro y benéfico para guiar las almas de los jóvenes hacia la virtud por medio de la amistad. Socialmente la pederastia estaba tan bien vista por los griegos que estos se jactaban de que fuera una institución típicamente helénica. Así, por ejemplo, Heródoto (1.135) señala que los persas se caracterizaron por adoptar costumbres extranjeras: la elegante vestimenta meda, las corazas egipcias para la guerra y la pederastia griega; o Jenofonte (Ciropedia 2.2.28), que cuenta una anécdota de Ciro y refiere el gusto griego por ir a banquetes acompañados de jovencitos hermosos (véanse más textos en Bravo, 2007). Incluso dioses y conocidos héroes griegos practicaron la pederastia, como Zeus y Ganimedes, Patroclo y Aquiles, Apolo y Jacinto, Pan y Dafnis, Dioniso y Ampelo, etc. (véase Sergent, 1986). En este sentido, el mito no hace más que reflejar una práctica habitual en el mundo griego, especialmente si, como diría Schiller, “en aquella época no era sagrado más que lo bello”. Y la belleza va asociada con la juventud. De ἤβη (‘juventud’) deriva el término griego para adolescente, ἔφηβος, que se solía aplicar a los muchachos varones entre los doce y dieciocho años. Por eso, cuando hace algunos años tradujimos el libro XII de la Antología Palatina al castellano (González Delgado, 2011 –traducciones que vamos a reproducir aquí–), subtitulamos el libro “Poemas de amor efébico”, más apropiado desde una perspectiva actual que poemas pederastas. No obstante, el término griego ha pasado al latín como ephebus y al castellano como ‘efebo’, pero ya con connotaciones negativas, si tenemos en cuenta que el Diccionario de la Real Academia lo define como: “Mancebo o adolescente de belleza afeminada”.

En este trabajo nos hemos propuesto mostrar y analizar la imagen que la Antología Palatina ofrece de la juventud a través de estos deseados efebos adolescentes, no sin antes hacer una breve presentación de la obra y del género epigramático en que se inscribe, pues la parodia, la ironía y la comicidad están presentes en este género literario.

2      El epigrama y la Antología Palatina

En la poesía griega de la Antigüedad el género literario condiciona las características formales y estructurales del poema. El epigrama, el género en que se inscriben los poemas de la Antología Palatina, tiene como principal peculiaridad la brevedad. Ya la etimología del nombre señala que el destino del texto (γράμμα) era ser grabado a modo de inscripción (ἐπί, sobre piedra, bronce, mármol…), por lo que su extensión estaba limitada y, a menudo, reducida a un simple verso. Sin embargo, hay una evolución de estos epigramas grabados en época arcaica, con una finalidad práctica, al género que se configurará como tal en época helenística, escritos con tinta para que fueran lectura de todos y no solamente para quienes pasaban frente a la estela o estatua conmemorativa. Ya en época arcaica se encuentran los precursores del género, como por ejemplo Anacreonte, de cuya obra Giangrande (1967: 119) señala que el epigrama toma los rasgos de la autoironía, la técnica de la inversión de temas y el final inesperado del poema. El epigrama helenístico supuso una reformulación tanto en la forma como en el contenido del género: la realidad se vuelve ficción y se transforma en un simple motivo literario (frente a la restricción temática anterior, cualquier circunstancia puede dar origen a un epigrama). De este modo la composición se dirige al individuo, se convierte en vehículo de expresión de sentimientos personales y tiene como finalidad el delectare. Los primeros en componer epigramas libres de toda obligación cívica fueron Leónidas de Tarento (segunda mitad del s. III a.C.), que cuenta con un centenar de epigramas en la Antología Palatina, y Asclepíades de Samos, pionero en expresar los sentimientos personales (ya desde época clásica parece darse una cierta fluidez entre el epigrama y la elegía –no en vano el metro que emplea el epigrama es el dístico elegíaco–). De esta forma es como el epigrama llega a la tradición posterior: la libertad temática debía ceñirse a la norma de la brevitas, por lo que se sacaba partido diciendo mucho en poco espacio y extremando el arte de la concisión ingeniosa o de la alusión erudita, a la vez que se busca el detalle en la descripción, el sentido del humor y la ironía… características todas ellas muy del gusto helenístico.

El epigrama helenístico es el reflejo de una nueva sociedad, una sociedad hedonista pero también culta. A pesar de la variedad temática, el epigrama es obra de un poeta docto, al que le gusta jugar con las palabras y con referencias culturales (míticas, históricas…), y que muestra costumbres y personajes de la sociedad de su época. La reelaboración sobre modelos anteriores también constituye uno de los rasgos más característicos de este nuevo epigrama: de unos a otros vemos logradas variaciones tanto en la expresión como en el empleo de motivos, metáforas, imágenes o comparaciones, ya sea en un mismo autor o en autores diferentes (técnica de la imitatio cum variatione).  El epigrama no sólo contempla la finalidad práctica de los epitafios encargados por notables o los dísticos para monumentos votivos, que también se siguen escribiendo en época helenística, sino también incluye poesía de la experiencia. En muchos ejemplos, especialmente si tienen intención satírica y humorística, cobra importancia la agudeza o “punta” del epigrama , que aparece al final de la composición y que se convierte en el alma del poema, pues muchas veces se reinterpreta todo el texto previo y se desvela el juego con el que nos ha entretenido el autor.

La definición, por tanto, que podemos realizar del “epigrama helenístico” sería una composición breve, concisa e ingeniosa en dísticos elegíacos que puede versar sobre cualquier tema y que tiene en cuenta la tradición literaria anterior. Por otro lado, los epigramas tendieron a reunirse en antologías, facilitando así su difusión y sus posibilidades de supervivencia, frente al breve poemita que, en solitario, se desperdigaría y se perdería fácilmente en el olvido. No obstante, una antología de textos implica siempre una selección (a gusto del antólogo, que sigue un criterio determinado y éstos pueden ser variados) y la selección literaria ha existido siempre, desde el mismo comienzo de la literatura. El hecho de que un autor sea incluido garantiza no solo la pervivencia de estos, sino también su transmisión y estudio. Por el lado contrario, los autores que no han pasado a formar parte de la antología, han sido abandonados y silenciados en el devenir de la historia para, finalmente, perderse. Es evidente que en esta selección han influido las modas de la época y las valoraciones del antólogo que de esta forma va creando un canon literario  y va configurando una historia literaria. En el caso de la Antología Palatina la selección realizada aparece agrupada por su temática, quedando el libro XII para los epigramas pederastas (a diferencia del libro V, que incluye epigramas de amor heterosexual).

Como estamos ante una selección, debemos tener en cuenta que los epigramas que componen el libro XII abarcan un gran segmento geográfico (de la Grecia de Asia Menor a la Roma helenizada) y temporal (del siglo VI a.C. al II d.C.), por lo que ya algunos autores tardíos no sienten el componente educativo de la pederastia y escriben epigramas abiertamente homosexuales, como es el caso del principal poeta, Estratón de Sardes. Además, el metro utilizado en todos los poemas del libro es el dístico elegíaco. El gusto por la brevedad y la máxima expresividad proporciona que numerosos epigramas sean monodísticos, aunque también encontramos poemas de dos o más dísticos. Pero antes de pasar al contenido de estos epigramas en relación con la juventud, vamos a presentar la obra.

La Antología Palatina debe su nombre a un códice del siglo X de la Biblioteca de los electores del Palatinado en Heidelberg que tiene una historia muy curiosa. Lo descubrió Claude Saumaise en 1606 y en Alemania permaneció hasta que Maximiliano de Baviera se lo regaló en 1623 al papa Gregorio XV. Ya en El Vaticano, el códice se encuadernó en dos tomos desiguales. Nuestro libro XII se encontraría en el primer tomo (que contenía los trece primeros libros). Años más tarde, en 1797, Napoleón se los llevó a Francia pero, tras su muerte, los dos tomos se separan: el primero, el más extenso, se conserva desde 1816 en Alemania y es la joya de la Biblioteca de la Universidad de Heidelberg (Codex Palatinus 23 [P]); el segundo se encuentra en la Biblioteca Nacional de París (Parisinus Suppl. Gr. 384). Respecto al contenido, el códice recopilaba una numerosa poesía epigramática que ya había contado con varios procesos de antologización precedentes. Su núcleo inicial fue la Guirnalda de Meleagro de Gádara (se publicaría c. 70 a.C.), en la que antologizó, además de textos propios, piezas de otros cuarenta y siete poetas pertenecientes a un largo período de cinco siglos, desde la época arcaica hasta la suya, aunque la mayoría eran poetas helenísticos de los siglos III-II a.C. (está ordenada por autores y sigue un orden alfabético); a ésta siguieron, como continuación de la labor meleagrea, la Guirnalda de Filipo de Tesalónica (c. 40 d.C.) que, publicada en Roma, recoge epigramas de la generación de poetas siguiente a Meleagro; después vendrían el Anthologion de Diogeniano de Heraclea (s. II d.C.), el Pammetro de Diógenes Laercio (s. III d.C.) y el Ciclo de Agatías (s. VI d.C.) . Esta última antología es importante no solo porque es novedoso que el compilador invite a poetas contemporáneos suyos a escribir epigramas para incluirlos en la colección, sino también porque se cambia el criterio alfabético de las anteriores por el temático. En época bizantina, Constantino Céfalas, protopapa y alto funcionario de Constantinopla, recopiló esos manuscritos hoy perdidos en el año 917 y, guiado por el esquema de Agatías, estructuró la obra según el contenido de los epigramas. De acuerdo con el reparto en libros de las ediciones modernas, establecido a comienzos del siglo XIX por C.F.W. Jacobs, la compilación de Céfalas contenía: epigramas eróticos (libro V), votivos o de ofrenda (VI), funerarios o epitafios (VII), epidícticos o de lucimiento (IX), protrépticos o de exhortación –refranes y sentencias– (X), convivales y burlescos (XI), pederásticos (XII). Es probable que también se encontrasen los epigramas del libro IV, es decir, los poemas-prólogo de las colecciones de Meleagro, Filipo y Agatías. Pero la obra de Céfalas se pierde y años más tarde, alrededor de 940, fue rehecha y aumentada por otro compilador bizantino, del que desconocemos su nombre, que sería el autor de lo que hoy llamamos Antología Palatina, cuyo único manuscrito sería P y que no lleva en su título el sustantivo “antología”, sino Libro de epigramas (ἡ βίβλος τῶν ἐπιγραμμάτων). Con este antólogo aparecen el resto de los libros: inscripciones cristianas de los siglos IV-X (libro I), poemas de Cristodoro de Coptos (c. 500 d.C.) que describen las estatuas de unas termas de Constantinopla (II), inscripciones de un templo de Cícico (III), epigramas de San Gregorio Nacianceno (s. IV d.C.) (libro VIII), poesías no escritas en metro elegíaco (libro XIII), poesías que representan puzzles, enigmas, oráculos, juegos aritméticos (XIV) y poesías variadas como tecnopegnia o poemas figura (XV). Sin embargo aparece un libro XVI: existe un códice veneciano (Codex Marcianus 481) que contiene la selección del erudito monje bizantino Máximo Planudes recopilada en Constantinopla en 1299 a partir de la de Céfalas y que contará con adiciones posteriores (probablemente hasta 1307). Esta coincide sustancialmente con la Palatina, aunque incluye 388 nuevas composiciones. Ese corpus nuevo, con el título de Appendix Planudea, es el que se incorpora como libro XVI a la Antología Palatina, más propiamente llamada ahora Antología Griega. Debemos tener en cuenta que la Planudea fue elaborada con criterios moralistas a partir de colecciones de antologías y que, si incluye poemas que no aparecían en la Palatina, también omitió muchos otros epigramas que sí estaban presentes. Cuando los humanistas bizantinos emigraron a Italia como consecuencia de la toma de Constantinopla en mayo de 1453, se llevaron la colección de Planudes, que fue conocida en Europa a partir de la edición de Janus Lascaris en 1494 bajo el nombre Anthologia epigrammatum graecorum, mucho antes de que se descubriera el manuscrito Palatino; de esta forma, son los epigramas recopilados por Planudes los que influyen en las literaturas europeas desde su publicación  hasta finales del s. XVIII, cuando Brunck realizó la primera edición del Codex Palatinus. En lo que respecta a los epigramas del libro XII, pese a ser anterior en el tiempo, Céfalas (s. X) justificaba la presencia de estos escandalosos epigramas aduciendo su tono festivo y el beneficio que se puede extraer de su forma, del buen hacer poético, recomendando no prestar atención a su contenido. Sin embargo Planudes señala que en esa sección eliminó muchos por su abundante indecencia y desvergüenza, censurando 243 de los 259 que se conocen hoy, dejando únicamente 16 (lo hemos analizado en González Delgado, 2012).

Pasemos ya a ver la imagen que ofrece este libro de los jóvenes tal y como lo conocemos hoy, centrándonos en las edades que comprende el estatus de erómenoi, el ideal de belleza, la exhortación al disfrute de la juventud antes de que ésta llegue a su fin (con la salida del vello y la temida barba) y, también, la prostitución practicada por estos adolescentes. El libro XII de la Antología Palatina ofrece buenos ejemplos de todo ello.

3      Edad y belleza de los efebos

Estratón de Sardes (siglo II d.C.), el poeta más representativo del libro XII de la Antología Palatina (de hecho en algunos lugares figura como título del libro La musa de los muchachos, obra de Estratón), escribe un epigrama (XII 4) que refleja bien la edad ‘ideal’ de esos jóvenes adolescentes para un adulto.

Me complace el muchacho de doce años; pero

     más deseable que éste es con mucho el de trece.

El que tiene catorce es la más dulce flor de los amores,

     pero más encantador es el que acaba de cumplir los quince.

El año decimosexto es propio de dioses. Al de diecisiete                           5

     no me toca a mí buscarlo, sino a Zeus.

Si alguno desea un muchacho de más edad, ya no juguetea,

     sino que busca «responder dándose la vuelta».

En lo que respecta a la tradición literaria, este epigrama parodia al género épico, tanto por ofrecer un inusual catálogo de edades de muchachos apetecibles (que va de los doce a los diecisiete años), como por utilizar en el verso final una fórmula homérica con claro sentido erótico y, a su vez, paródico, ya que de esta forma censura al pederasta que rompe las reglas del juego (v. 7) buscando muchachos de más edad porque el poeta entiende que este actuará de pasivo en la relación sexual. El doble sentido de las palabras aparece ya desde el inicio, pues en griego este epigrama comienza con la forma ἀκμῇ, que significa tanto ‘momento, ocasión’ como ‘fuerza, vigor’ y ‘punta’ (‘capullo’). Lo más significativo de este poema es que marca los límites entre pederastia (desde la pubertad del muchacho, con 12 años, hasta los diecisiete) y homosexualidad (entre adultos), pues se supone que ya con una edad superior ese aspecto tierno con suave piel se pierde con la aparición del vello y los pelos de la barba. Si el joven mantiene ese aspecto, cada año más que cumpla así, será más placentero para el adulto.

En otros casos, se ve cómo el poeta siente envidia de los adultos que están rodeados de adolescentes. En este sentido, uno de los lugares por excelencia era el gymnasion, que en la Antigua Grecia era una institución dedicada a la instrucción física y espiritual. Los jóvenes se ejercitaban por la mañana especialmente en la zona conocida como el efebo, bajo la mirada del público. Debemos tener en cuenta que el término ‘gimnasio’ deriva del griego γυμνός (‘desnudo’), pues los jóvenes atletas competían desnudos para, entre otros factores, realzar su belleza (su cuerpo estaba uncido de aceite y los ejercicios se realizaban con acompañamiento musical). Este hecho provocó que fuera uno de los lugares concurridos por los pederastas. Los pedótribos eran quienes supervisaban los gimnasios y eran también responsables de la correcta conducta del deporte, pues los atletas eran supervisados y entrenados por γυμνασταί. Así Automedonte de Cícico (siglos I a.C.-I d.C.) contempla envidioso esta escena (XII 34):

Ayer cené en casa del pedótribo Demetrio,

     el más feliz de todos los hombres.

Uno de sus muchachos yace junto a su regazo, otro sobre su hombro,

     otro le ofrecía de comer y otro de beber le daba.

El cuarteto era admirable. Y yo bromeando le dije:                                              5

     «Tú también de noche, querido, enseñas gimnasia».

Esta edad ideal de los efebos, que mantienen su cuerpo ejercitado y cuidado, va asociada en los epigramas del libro XII a una belleza hiperbolizada, convertida ya en tópico literario recurrente. Así, a menudo aparece el joven amado como un segundo Eros: a través de la confusión del joven con el dios se exalta la belleza del humano. El erómenos se confunde con Eros como también, en relación con este topos, con otros bellos erómenoi mitológicos (como Ganímedes, amante de Zeus; Jacinto de Apolo; o Ampelo de Dioniso), e incluso con los mismos dioses. De manera general, el poeta adopta el papel de un erastés que elogia la belleza de un erómenos. La contemplación de la belleza provoca el enamoramiento hacia los muchachos, a los que considera deseables porque son hermosos. El arte los retrata bien: efebos desnudos, lampiños, proporcionados y bellos. Los erómenoi aprovechan sus cualidades (en la palestra, en los banquetes, pero también en la calle) para influir sobre los amantes a través de la belleza de su cuerpo, explotando su mirada (que desencadena una pasión amorosa), su boca (bien por sus labios, por sus deseados besos o por su lenguaje), su sonrisa, su piel (por su color, su brillo…), su cabello, sus muslos, su culo, su olor, su atuendo, sus gestos, su pudor… Ejemplos de todos ellos encontramos en el libro XII (González Delgado, 2010: 224).

Por otro lado, la aristocracia ateniense estaba caracterizada por la kalokagathia, que describía un ideal de conducta por el cual los eupátridas tenían que estar en posesión de la belleza y el bien (καλὸς καὶ ἀγαθός). A través de estas relaciones pederásticas, el bello adolescente era educado para poseer también la excelencia (la sabiduría, el valor, la virtud ética…) y terminar convirtiéndose así en un hombre ideal, poseedor de una formación fundada en una concepción de conjunto del hombre (Jaeger, 1990: 263-264).

4      El goce y disfrute de la juventud

En el contexto en el que estamos, poesía de tema amoroso, vista la edad ‘ideal’ de los efebos, es frecuente en los epigramas la exhortación al disfrute de la juventud antes de que esta llegue a su fin, pues dura poco tiempo en la vida. Surgen así los tópicos literarios del carpe diem y del tempus fugit, tópicos que se remontan a épocas y civilizaciones muy antiguas y que ya la lírica griega arcaica ofrecía buenos ejemplos; van a ser muy recurrentes en nuestros poemas. Un buen ejemplo nos lo ofrece un poeta desconocido de nombre Timocles, quizá del siglo III a.C. (XII 32):

Recuerda, recuerda la máxima sagrada que te dije un día:

     «La juventud es la más bella, la juventud es la más fugaz.

A la juventud ni el más raudo pájaro en el aire puede ganarla».

     Ahora, mira, todas tus flores sobre la tierra están esparcidas.

El poema incide en la brevedad de la juventud y, por tanto, la necesidad de disfrutarla. Las flores que aparecen esparcidas por el suelo formarían parte de la corona o guirnalda que el muchacho portaría en el simposio, pero aquí estarían en sentido metafórico: el fin de la edad florida. Presenciamos, también, otro de los ámbitos donde se desarrolla la pederastia: el banquete.

El siguiente poema de Estratón, en un solo dístico elegíaco, ejemplifica y recrea ambos tópicos, vinculando las edades de la vida con las estaciones del año (XII 215):

Ahora primavera eres, después verano. ¿Y luego qué vas a ser,

     Ciris? Piénsalo, pues también rastrojo serás.

Los rastrojos vienen con los aires del otoño, pero aquí aluden a los pelos de la barba, cuando el joven se convierte en adulto y la belleza comienza, como las hojas de los árboles, a caer. El verbo en imperativo es una exhortación a Ciris para que goce ya que está en su esplendor natural (la primavera).

Los ejemplos son varios y constantes a lo largo de todo el libro y ese goce y disfrute de la juventud, vinculado al desarrollo natural de los jóvenes, tiene fin cuando comienza a crecer el vello corporal y a salir la barba del adolescente, convirtiéndose, poco a poco, en adulto.

5      El fin de la juventud

La salida del vello en el joven, en la cara o en las piernas, indica el ocaso de la belleza del erómenos, poniendo fin a la relación pederástica, para desconsuelo del erastés. Continuando con los tópicos literarios, la decadencia de la belleza está plasmada en el tópico de la rosa que se marchita, al igual que en los epigramas de contenido heterosexual. Un ejemplo podemos verlo en otro poema de Estratón (XII 234):

Si de tu belleza te jactas, piensa que también la rosa florece,

     pero se marchita repentinamente y con el estiércol se desecha.

Flor y belleza, pues, el mismo tiempo obtienen por destino:

     a éstas por igual las marchita el envidioso tiempo.

Sin embargo, como ya hemos visto, el tópico más frecuente en los homoeróticos es el de εἰσι τρίχες (‘existe el vello’), es decir, la aparición del vello en el muchacho (véase Taran, 1985). Junto a este tópico es frecuente ver el de la venganza de la edad sobre el altivo joven (tempus fugit). Un buen ejemplo es el siguiente poema anónimo (XII 39), que termina precisamente con la sentencia que da nombre al tópico que estamos viendo:

Nicandro está acabado, voló todo el vigor de su cuerpo

     y del resto de sus encantos no queda ya ni el nombre,

al que antes considerábamos entre los inmortales. Pero no penséis,

     muchachos, contra la voluntad humana: existe el vello.

Se percibe la ironía religiosa y los pelos que aparecen como Némesis, la diosa de la venganza. Más pornográfico, si se desvelan las metáforas, es este otro epigrama anónimo, en que un jovencito, que quiere seguir conservando su condición de erómenos, previene a un erastés de su edad adulta (XII 40):

No me levantes el manto, hombre, sino mírame

     así, como a una estatua con extremidades de piedra.

Si buscas el encanto de Antífilo desnudo, encontrarás

     el cáliz de una rosa que crece entre los espinos.

El cáliz de la rosa representa el prepucio del pene o, también, el ano, por lo que los espinos son los pelos que los rodean. Así, el efebo se compara con una xoana, primitiva estatua religiosa de madera que, recubierta con vestidos, dejaba a la luz sus extremidades de mármol (finas y sin vello). Frontón de Cirta, poeta romano del siglo II o III d.C., nos ha dejado este epigrama que mezcla el tema histórico con este tópico literario homoerótico (XII 174):

¿Hasta cuándo vas a luchar conmigo, queridísimo Ciro? ¿Qué haces?

     ¿De tu Cambises no te apiadas? Dime.

No seas un medo; Sacas serás muy pronto,

     y te convertirán tus pelos en Astiages.

Este culto epigrama juega con referencias históricas a propósito de la coincidencia del nombre del erómenos y el rey persa Ciro. Los griegos veían la corte persa corrupta y afeminada. Cambises era el padre de Ciro y Astiages su abuelo materno. Sacas era el copero de Astiages (el copero real era un cargo importante en la corte persa, cuyo título era de carácter simbólico). El poeta utilizaría como fuente Ciropedia I 3, 8 de Jenofonte. Por otra parte también entra en juego el chiste etimológico: Cambises, por falsa etimología, derivaría de κάμνω y haría alusión al erastés ‘cansado’ (ironía); también de esta forma ‘medo’ (μὴ-δούς) sería ‘que no da’, ‘avaro’ y ‘sacas’, además de ser un epónimo de un pueblo escita, guarda semejanza con σακκός (‘barba’), por lo que el poeta aconseja a su amado que aproveche el momento antes de que sea demasiado tarde (de nuevo los tópicos del carpe diem y tempus fugit), pues en el momento en que los pelos pueblen su cara no resultará apetecible, por eso se convertirá en ‘Astiages’, el que no se empalma (por semejanza fonética ἀ-στύ-, la alfa privativa y el verbo στύω ‘empalmarse’, el mismo juego fonético que vemos también en XII 11, donde el poeta, en este caso Estratón, se lamentaba de no haber podido hacer nada con el jovencito Filóstrato “desde una torre arrojadme, puesto que en Astianacte me he convertido”: juega con la referencia mítica del hijo del príncipe troyano Héctor y Andrómaca, que es tirado por los griegos desde lo alto de una torre cuanto toman la ciudad, pero también con la falsa etimología ἀ-στύ-ἄναξ, ‘el señor que no se empalma’ en lugar de ἄστυ-ἄναξ, ‘el señor/protector de la ciudad’).

6      Efebos y prostitución

El discurso del orador Esquines Contra Timarco (345 a.C.) es una de las pocas fuentes literarias que tenemos de la prostitución masculina (referida a Atenas). Timarco perdió sus derechos cívicos (ἀτιμία) y no tuvo derecho a voz pública porque en su juventud fue el erómenos de muchos hombres en El Pireo. Esta depravación le impidió su propia defensa y destruyó su carrera política. La causa de este veto fue porque en Atenas se suponía que si un ciudadano había comerciado con su propio cuerpo, este vendería fácilmente los intereses de la ciudad (πόλις). Los chaperos (πόρνοι) tenían, por tanto, una consideración negativa que conllevaba, en el caso de los ciudadanos, la pérdida de todos los derechos cívicos y políticos.

El libro XII de la Antología Palatina también da ejemplos, desde un punto de vista satírico, de aquellos jóvenes que aprovechan la pederastia para prostituirse, algo mal visto y que provocaría la deshonra del adolescente. También es cierto, y hemos visto ya algún ejemplo, que estos epigramas muestran bajo metáforas, juegos de palabras, equívocos eróticos o anfibologías y evitando manifestarlos de forma directa, todo tipo de actos y temas sexuales: masturbaciones, felaciones, coito intermuslar, coito anal, tríos, impotencia… y también la prostitución. Así, vamos a ofrecer algún ejemplo que revela esta práctica. Es significativo XII 6, de Estratón de Sardes, que recurre al recurso de la isopsefia y que debemos explicar:

Culo y oro tienen el mismo valor;

     de casualidad lo descubrí una vez, haciendo sumas.

Los griegos utilizaban como sistema numérico su alfabeto, de tal forma que cada letra tenía, además de un valor fonético, un valor numérico. La alfa equivalía al uno, la beta al dos, la gamma al tres… la iota al diez, la kappa al veinte, etc. Como señala el poeta, πρωκτός (‘culo’: 80 + 100 + 800 + 20 + 300 + 70 + 200) y χρυσός (‘oro’: 600 + 100 + 400 + 200 + 70 + 200) suman la misma cantidad: 1.570. De esta forma, el poeta critica a los muchachos que se prostituyen, aunque de forma implícita reconoce que recurre a sus servicios, como sucede en otro poema, XII 8, que, creemos, muestra un lugar de ligoteo: el mercado de flores.

He visto a un muchacho entrelazar una guirnalda

     cuando estaba paseando por el mercado de las flores.

Y no pasé ileso. Acercándome disimuladamente le

     dije: «¿Por cuánto me vendes tu corona?».

Más que los pétalos se ruborizó y agachando la cabeza               5

     dijo: «Lárgate lejos, no sea que te vea mi padre».

Compré como pretexto coronas y me fui a casa.

     Coroné a los dioses pidiéndoles el muchacho.

Se produce un juego anfibológico con el término στέφανον (v. 4), que tiene el significado de ‘corona’, ‘guirnalda’, pero también, en contexto argótico, ‘ojete’. Así, el muchacho está preparando una guirnalda (v. 1: κόρυμβον), pero el poeta, al querer comprársela, le pide ‘su’ στέφανον, lo que altera al muchacho. Además, podemos suponer que el mercado de las flores sería una conocida cruising-area o zona de cancaneo de los homosexuales de la época, ya que Estratón se refiere a él como ‘mercado de coronas’. La respuesta del muchacho indica naturalidad ante las proposiciones indecentes del poeta (al que el amor le costará dinero y, sin conseguir su objetivo, rogará a los dioses por ello). Sobre las tarifas de estos muchachos, también el poeta de Sardes se refiere a ellas (XII 239):

Cinco pides, diez te daré: veinte a la inversa tendrás.

     ¿Te basta una de oro? Fue bastante incluso para Dánae.

Los diferentes precios dan cuenta de prácticas sexuales, como es el caso de la felación o el coito anal, que la pederastia no contemplaba y tenía vetada, pues representaban un acto degradante para un futuro ciudadano (eran reprobables, incluso, para una mujer, aunque todas estas prácticas aparecen atestiguadas en el libro XII de la Antología Palatina; únicamente se admitía el coito intercrural, es decir, entre los muslos del joven). En este caso, podemos entender que el chapero pide al poeta cinco dracmas por una felación, aunque él le ofrece diez. El coito anal costaría veinte monedas de plata o, su equivalente, un στατήρ o moneda de oro. Al final del epigrama, Estratón se hace eco de interpretaciones míticas racionalistas que veían en Dánae una prostituta que se vendía por monedas de oro, negando así el hecho de que hubiera sido poseída por Zeus metamorfoseado en lluvia de oro, cuando estaba encerrada por su padre. La parodia mítica y el juego de palabras dan a entender que el coito anal fue lo que practicó Zeus con la madre de Perseo. Este desprecio hacia los efebos que se prostituyen también figura en otros poetas, como es el caso de Dioscórides (XII 42) o, más sutilmente, Calímaco (XII 43):

Mira a Hermógenes con las manos llenas y rápido realizarás,

     cuervo de muchachos, lo que tu deseo sueña,

y relajarás su espantosa altivez. Si pudieras pescar

     tirando al mar una caña huérfana de anzuelo,

sacarías del puerto mucho rocío. Pues ni el pudor                       5

     ni la piedad con un gastizo pendejo conviven.

Dioscórides recrea aquí el tema de la prostitución sirviéndose de un gastizo chapero. En el verso segundo el insulto παιδοκόραξ se refiere al viejo libidinoso, cazador de muchachos, que consigue fácilmente con dinero al desvergonzado e impío Hermógenes.

Odio el poema cíclico y no me gusta el camino

     que a la muchedumbre aquí y allá conduce.

Detesto al muchacho que va pasando por todos y no bebo

     de la fuente pública. Me repugna todo lo popular.

Lisanias, tú sí que eres guapo, guapo. Pero antes de decirlo                      5

     con claridad, un eco me responde, «lo posee otro».

En este epigrama Calímaco muestra su rechazo por las cosas populares y su predilección por lo exclusivo. Comienza hablando de gustos literarios, detestando los poemas cíclicos, es decir, la epopeya (aludiendo así a su rival Apolonio de Rodas), para pasar después a asuntos eróticos (el camino y la fuente tienen connotaciones sexuales). En el dístico final, que algunos críticos consideran que se trata de una adición posterior, aparece un juego de palabras que la traducción castellana no recoge: καλός καλός (‘bello’, ‘guapo’) es respondido por el eco como ἄλλος (‘otro’). La ironía aparece en que el poeta no termina de decir sus palabras y el eco ya le responde que quien le gusta está con otro, pero también, en relación con los dísticos anteriores, podemos suponer que, a pesar de los gustos exclusivos del poeta, éste se ha enamorado de un chapero.

7      Conclusiones

Aunque no todos los epigramas de tema ‘pederástico’ se encuentran en el libro XII de la Antología Palatina, los breves poemas aquí incluidos muestran, a grandes rasgos, la adoración por la belleza masculina de los efebos (el ideal griego de belleza), los desengaños amorosos y la exhortación a los jóvenes a que aprovechen su esplendor juvenil antes de que les salga el vello, pues este hecho supone el ocaso de la belleza y el fin de la relación pederasta. También en algunos epigramas la pasión amorosa se conjuga con temas más serios, como la prostitución. Los comportamientos, sentimientos y reacciones de los diferentes erómenoi que pululan por el libro XII de la Antología Palatina, parecen responder a seres reales más que ficticios (como el Diodoro, el Ulíades, el Heráclito, el Dión o, especialmente, el Miísco de Meleagro; o el Ciris, el Diodoro, el Meris, el Dífilo o el Teodoro de Estratón) y, aunque el segmento temporal en que se inscriben todos los epigramas del libro es muy amplio, podemos decir que todos ellos viven en una sociedad urbana, tolerante y hedonista en la que el placer sexual no estaba vetado y en la que, por encima de todo, se exaltaba la belleza de la juventud.

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