De padres a hijos. Reflexiones sobre la pervivencia de la pauta sociolaboral fordista-keynesiana y su modelo de transiciones juveniles

From parents to children. Reflections on the survival of the Fordist-Keynesian socio pattern and model of youth transitions

De pais para filhos. Reflexões sobre a sobrevivência do padrão socio-laboral fordista-keynesiana e seu modelo de transições juveniles

Mariano Urraco Solanilla
Sociólogo. Universidad de Extremadura. marianous@unex.es
DOI: 10.22400/cij.1.e002
RESUMEN

En este artículo se realiza una reflexión sobre los efectos que la precariedad laboral (multidimensional, siempre) tiene sobre las transiciones juveniles a la vida adulta, rompiendo la antaño estandarizada trayectoria lineal y acumulativa, generando con ello formas transicionales fragmentarias, azarosas, caóticas… laberínticas, incluso, que tienden a presentar retrasos o bloqueos en la adquisición del estatuto de adulto (léase: de plena ciudadanía). Estas trayectorias irregulares, no obstante, conviven (incluso en el sentido de compartir domicilio) con relatos lineales (de carreras coherentes), encarnados en la figura de los padres (o incluso de los abuelos) de los jóvenes actuales. La realidad de precariedad laboral e itinerarios discontinuos a través de formas atípicas de trabajo choca con una socialización familiar que tiene en la linealidad su referente y en las carreras coherentes, ordenadas, vitalicias, su patrón vital. Este choque, que tiene otro plano en la confrontación entre expectativas de movilidad social (o de enclasamiento) y realidad de “fracaso transicional”, se manifiesta tanto para los propios jóvenes como para sus familias.

Los distintos tipos de recorridos, crecientemente erráticos para una igualmente creciente mayoría de jóvenes, por los márgenes del mercado de trabajo dibujan, así, trayectorias vitales discontinuas, alejadas del patrón estándar hacia el que los padres han procurado dirigir a sus hijos. Se asiste, por lo tanto, a un conflicto, o una contradicción, cultural entre generaciones, apareciendo la imagen de carrera laboral como “supervivencia” de otro modelo social, imagen (anhelo) que tendrá efectos sobre la construcción identitaria de los jóvenes. Se concluye discutiendo la posibilidad de que no nos encontremos ante un fenómeno puntual, deudor de la situación de crisis actual, sino ante una nueva pauta de configuración de identidades “tentativas”, vinculada a la propia inestabilidad de los soportes que, tradicionalmente, permitían la estabilización del individuo de manera independiente a su familia de origen.

PALABRAS CLAVE
juventud, precariedad, transiciones, cambio intergeneracional, socialización
ABSTRACT

This article presents a reflection on the effects of job insecurity (multidimensional, always) has on youth transitions to adulthood is done, breaking the old standard linear and cumulative trajectory, thereby generating labyrinthine fragmented, random, chaotic … transitional forms even that they tend to have delays or blockages in the acquisition of adult status (read: full citizenship). These irregular paths, however, live (even in the sense of sharing home) with linear narratives (consistent races), embodied in the figure of the parents (or even grandparents) of today’s youth. The reality of job insecurity and discontinuous paths through atypical forms of work strikes a family socialization which takes its reference linearity and coherent, orderly, annuities, their life pattern races. This clash, which has another flat in the confrontation between expectations of social mobility (or classing) and reality of “transitional failure” appears for both young people themselves and their families.

The different types of routes, increasingly erratic for an equally growing majority of young people, by the margins of the labor market draw, so vital staple, away from the gold standard to which parents have tried to steer their children paths. We are witnessing, therefore, a conflict or a contradiction, cultural between generations, appearing the image of career as “survival” of another social model, image (desire) that will have an impact on the identity construction of young people. We conclude discussing the possibility of not find ourselves before a timely phenomenon debtor of the current crisis, but to a new standard configuration identity “tentative”, linked to the instability of the media that traditionally allowed the stabilization of the individual independently of their family of origin.

KEYWORDS
youth, precariusness, transitions, intergenerational change, socialization
RESUMO

Este artigo apresenta uma reflexão sobre os efeitos da precariedade de trabalho (multidimensional, sempre) tem sobre as transições juveniles para a idade adulta, rompendo com o antigo padrão e a trajetória linear e cumulativa, gerando assim formas fragmentadas, frustradas, caóticas…labirínticas, inclusive, eles apresentam demoras ou bloqueios na aquisição da qualidade de adulto (leia-se: de plena cidadania). Estes caminhos irregulares, no entanto, convivem (inclusive no sentido de compartilhar domicílio) com relatos lineares (de carreiras coerentes), encarnado na figura dos pais (ou até dos avós) dos jovens de hoje em dia. A realidade da precariedade de trabalho e caminhos descontínuos através de formas atípicas de trabalho bate com uma socialização familiar que tem na linearidade sua referência e nas carreiras coerentes, ordenadas, vitalícia, seu padrão vital. Este confrontamento, que tem outro plano na confrontação entre as expectativas de mobilidade social e a realidade de “fracasso de transição” aparece tanto para os própios jovens quanto seus famílias.

Os diferentes tipos de caminhos, cada vez mais erráticos para também uma gran maioria de jovens, pelos margens de mercado de trabalho desenham assim caminhos de vida descontínuos, ao longe do padrão para que os pais têm procurado levar seus filhos. Portanto estamos diante de um conflito, ou uma contradição cultural entre gerações, aparecendo a imagem da carreira laboral como “sobrevivência” de outro modelo social, imagem (desejo), que terá um efeito sobre a construção da identidade dos jovens. Nós concluímos discutindo a possibilidade de não encontrar-nos diante de um fenômeno pontual, devedor da crise atual, mas a uma nova pauta de configuração de identidades “tentativas”, vinculado à instabilidade dos suportes que, na tradição, permitiram a estabilização do indivíduo, de maneira independente da sua família de origem.

PALAVRAS CHAVE
juventude, precariedade, transição, mudança de geração, socialização
Recibido ǀ Received ǀ Recebido  08/06/2016,  Aceptado ǀ Accepted ǀ Aceito  08/07/2016,  Publicado ǀ Available ǀ Publicação  11/07/2016 
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1 Introducción: EL ACTUAL AUGE DE LA SOCIOLOGÍA DE LA JUVENTUD EN ESPAÑA

Es práctica habitual que un académico, cuando decide especializarse en un tema concreto, busque argumentos para justificar su elección, argumentos que le permitan mostrar a la comunidad científica, y a la sociedad en general, que su trabajo está investido de legitimidad, que su objeto de estudio es relevante, que su investigación, en suma, tendrá alguna utilidad, del tipo que sea. En lo que se refiere a la Sociología de la Juventud, la cuestión de la utilidad (con toda la carga semántica que dicho término encierra) está presente desde los debates fundacionales de esta sub-disciplina. Así, se ha impuesto en el imaginario colectivo la idea de que la juventud es un reflejo, más o menos ajustado, de lo que habrá de ser la sociedad del futuro (Urraco, 2007). Los problemas de los jóvenes de hoy serán amenazas para la sostenibilidad futura de la sociedad en su conjunto. La juventud se presenta, de este modo, alternativamente, como esperanza de progreso o como amenaza de degeneración, como colectivo necesitado de tutela, como generación promotora de un cambio a mejor o como potencial revolucionario que ha de ser controlado antes de que eche por tierra todos los logros y avances laboriosamente conseguidos. Estas visiones socialmente compartidas (y también disputadas), estos discursos en pugna y reelaboración permanente, han alimentado las investigaciones que sobre (más “sobre” que “acerca de”) los jóvenes se han realizado en España durante décadas (Martín Criado, 1998; Sáez, 1995). En los estudios pioneros, en parte como consecuencia del clima internacional y del papel que en dichos escenarios jugaba la juventud, primaba una perspectiva “de sospecha”, de desconfianza ante el potencial transgresor de la juventud, perspectiva que, progresivamente, fue dando paso a un enfoque más “compasivo”, miserabilista por momentos, que recoge, como en un catálogo, los problemas de una juventud que se dibuja hoy, en el imaginario colectivo contemporáneo, como una generación perdida, condenada a vagar (a penar) por los senderos de la precariedad (laboral y vital) y la emigración, como si de un destino inevitable se tratase, acompañada siempre de la vitola, que actúa casi como irónico estigma, de ser “la generación mejor formada de la historia de España” (Alonso y Fernández, 2008; García Aller, 2006). En una sociedad como la nuestra, caracterizada culturalmente por una percepción lineal de las cosas, estas paradojas (el auge del discurso de las credenciales educativas choca con la hostil realidad del mercado de trabajo para los jóvenes, la sociedad supuestamente evolucionada resulta incapaz de asegurar a los jóvenes unos niveles de bienestar equivalentes a los que consiguieron sus padres…) generan un clima propicio para un relativo auge del desarrollo de la reflexión sociológica a partir de, o en torno a, la juventud. Si durante años la Sociología española trabajó, obteniendo financiación de muy diversas fuentes, en temas de vejez (y sigue trabajando, de hecho, por cuanto es un campo de interés social preferente en un contexto de envejecimiento como el que vive nuestro país), hoy los juvenólogos cobran visibilidad, como puede apreciarse en la reciente creación de la Red de Estudios en Juventud y Sociedad o en la conformación de un comité de investigación en “Estudios de juventud” dentro de la Federación Española de Sociología. Sin ir más lejos, la aparición de estos Cuadernos de Investigación en Juventud es muestra del renovado interés por los jóvenes y sus situaciones (siempre en plural), por la juventud (las juventudes, mejor) y sus problemas (o por la juventud como problema, según se enfoque la cuestión). Como se indicaba más arriba, y será la idea que sirva de eje a toda mi reflexión, este interés por las cuestiones juveniles, en mi modesta opinión, no descansa en tradicionales (casi atávicos) miedos demográficos (el declive poblacional de las áreas rurales, el “si todos los jóvenes emigran, ¿qué va a ser de las pensiones?” y demás lamentos recurrentes) ni en la exacerbación de condiciones de precariedad como consecuencia de la tan manida crisis económica (por más que ambos elementos, desde luego, contribuyan a aumentar la visibilidad y la importancia de los problemas juveniles), sino que se fundamenta en una sensación de malestar (Mingote y Requena, 2008), en la constatación en el terreno de la realidad de esas paradojas antes apuntadas, producto de una ruptura de la linealidad que sólo tiene lugar ahora (y este es un “ahora” ciertamente elástico, que se viene produciendo en proceso, es decir, con una duración que engloba ya varios años o aun décadas), cuando conviven en los hogares españoles dos generaciones (o tres, incluso) que se han socializado en pautas sociales radicalmente distintas, en coordenadas históricas y económicas muy diferentes, que han dado lugar a mentalidades (cosmovisiones) que pretenden encajarse sin que los cambios en el contexto permitan este ajuste: el mundo ha cambiado. El intento de traslación de unos patrones de conducta propios de otra pauta socioeconómica a un escenario post-lineal da lugar a tensiones de todo tipo. Es ahí, en esas tensiones y rupturas, en esos “malestares” e incertidumbres, donde la Sociología de la Juventud contemporánea encuentra toda la legitimidad para su estudio. Y es ahí, también, donde halla los profundos problemas, de muy distinta índole, que tanto desasosiego social generan y a los que, con mayor o menor humildad, dirige sus pesquisas, sus preguntas, intentando encontrar alguna respuesta, siquiera inestable, precaria, como los tiempos actuales, como las juventudes de hoy.

2 DE LA LINEALIDAD DE LA PAUTA FORDISTA A LA PULVERIZACIÓN POSTMODERNA

Si postulamos una comparación entre padres e hijos (o, en términos generales, entre dos generaciones) estamos realizando un ejercicio de honda tradición en la historia de los estudios sociológicos, no siendo, en modo alguno, una reflexión pionera, lo cual, por lo demás, no le resta interés. Se deben introducir un par de premisas antes de continuar. La primera, metodológica. Aunque es una noción muy debatida (Leccardi y Feixa, 2011), aquí adoptaremos una acepción de “generación” tomada de Mannheim, para quien lo que configura una generación no es el hecho de compartir fecha de nacimiento, sino la experiencia, la vivencia compartida, en una fase todavía relativamente temprana del ciclo vital (en una edad “de formación” del carácter y la personalidad del individuo), de un acontecimiento que suponga una cierta ruptura de la continuidad histórica. Desde esta perspectiva, podríamos hablar hoy de dos generaciones (simplifiquemos: padres e hijos) divididas por la cesura histórica que supone la explosión de la última gran crisis económica, que podemos datar (simplificando, igualmente) en 2008. Así, partimos de considerar como una generación al conjunto de individuos que ese año estaban accediendo, o en condiciones de acceder, al mercado de trabajo y que, por lo tanto, comparten esa impronta, la huella de ese acontecimiento que transformó el escenario laboral y social de nuestro país (y, obviamente, del resto de países de nuestro entorno). Nótese que esta definición que manejamos no coincide con la mera edad biológica: puede incluir tanto al joven recién graduado que salta de empleo en empleo buscando una integración algo más estable como al adolescente que ingresa en la universidad manteniéndose relativamente ajeno a la situación laboral del momento. Obviamente, la posición de uno y de otro (y podríamos incluir muchas más situaciones posibles: tantas como individuos) no es la misma, resultando mucho más cómoda la del segundo (comodidad fomentada por la propia sociedad: “está estudiando” como “coartada” para vivir unos años a refugio de la precariedad del mercado de trabajo) que la del primero, que ha de hacer un camino mucho más expuesto, más “a la intemperie”, como dirían Benedicto et al. (2014). Al hilo de esto ha de presentarse la segunda precisión, en este caso programática, ideológica si se prefiere. Aunque es una noción “apetecible” (un “objeto ficticio, pero interesante”, que diría Martín Criado, 1998, p. 88), no debemos dejarnos arrastrar por la fácil simplificación que supone hablar en términos de generación, de grupos de edad. Nos posicionamos aquí, junto a distintos autores (como el propio Martín Criado, 1998, 1999), en la idea de que no es la edad (o la generación), sino la clase social la que marca las distancias entre las distintas posiciones sociales, condicionando (no ya determinando) sobremanera las posibilidades de actuación, el margen de maniobra, de los individuos, supuestamente liberados (Beck, 1986/1998; Beck y Beck-Gernsheim, 2001/2003) de las ataduras (pero también de los referentes) de antaño. Puede que el episodio, la situación macrosocial, de crisis, sea la misma, pero, obviamente, no están igualmente expuestos a sus efectos todos los jóvenes, por más que compartan una misma fecha de nacimiento. La “intemperie” no es la misma cuando se cuenta con un buen paraguas familiar (la metáfora del “colchón” familiar, tan cara a los estudios sobre el régimen de bienestar español). La prolongación de la etapa formativa, sin ir más lejos (prolongación que también se beneficia, aunque con ciertos matices, de la aprobación social: “está estudiando” o “sigue estudiando” son rangos de un mismo beneplácito), depende mucho de la posición de partida: no todos los jóvenes pueden prolongar sus años de estudio y permitirse, así, no tener que aceptar determinadas condiciones laborales (Gentile, 2015). De ahí que siempre intentemos hablar en plural, de “transiciones juveniles”, de “juventudes”, por cuanto pretender englobar al conjunto de los y las jóvenes bajo una misma etiqueta generacional puede resultar falaz, cuando no, simplemente, voluntariamente engañoso para desviar la atención de otras consideraciones menos asépticas que la basada en algo tan objetivo como el dato de la edad biológica.

Con estos postulados por delante, procederemos a realizar un (necesariamente breve) análisis de la evolución reciente del mercado de trabajo español, espina dorsal del diseño de nuestra sociedad, en términos de los efectos que dicha evolución tiene sobre los cambios en las formas transicionales (y, por lo tanto, identitarias) de los jóvenes actuales con respecto a la generación de sus padres. No en vano la española es (sigue siendo), como todas las occidentales contemporáneas, una sociedad del trabajo, fuertemente mercantilizada, es decir, en la cual la posición de los individuos en la jerarquía social se vincula muy estrechamente con su posición en el mercado de trabajo, que es la que dota de estatus (y derechos ciudadanos) y de identidad a los sujetos (Alonso, 1999, 2000, 2007). Tal vez resulte pretencioso hablar de una “generación de la crisis” y fundamentarla en una supuesta ruptura con respecto a lo anterior (cada generación, como se apuntó, sería resultado de una división arbitraria, a partir de un hito que se considere de suficiente relevancia histórica), por cuanto se viene hablando de una “crisis de la sociedad del trabajo” (o de un “haz de crisis”, con múltiples factores y consecuencias) desde mediados de los setenta (o incluso desde antes, con los síntomas de agotamiento del modelo anterior). No obstante, considero pertinente la distinción de esta generación de jóvenes actuales, siquiera por reunir distintos rasgos y elementos, en parte heredados y siempre re-elaborados, muchas veces contradictorios, y un destino común: la aleatoriedad generalizada, la incertidumbre como estado vital, la competencia (que ya es para toda la vida) como proceso interminable. Rasgos que si bien podían ya estar presentes en la generación de sus padres (desde luego lo estaban, con otras manifestaciones concretas, en las generaciones de las primeras décadas del siglo XX), alcanzan ahora unas cotas de generalización que parecen otorgarles una aceptación como algo natural, configurando una nueva normalidad social, una nueva pauta de organización sociolaboral.

2.1 LA ESTABLE PAUTA FORDISTA

No puede resultarnos más que curiosa la manera en que las ideas parecen asentarse y arraigarse en la mente de las personas y en el imaginario colectivo, naturalizándose hasta el punto de generar la ilusión de que las cosas siempre han sido (y siempre han de ser) del mismo modo. Esta mentalidad, deudora (entre otras fuentes, por supuesto) del esencialismo de Parménides, que muchas veces intenta hacerse pasar por “sentido común”, choca (y violentamente, con frecuencia) con un desarrollo de los acontecimientos constitutivamente volátil, cambiante. Como Heráclito decía (y los autores postmodernos tan bien han explotado siglos después), todo fluye. Todo cambia y lo que nos queda es adaptarnos: “surfear” las olas del cambio, doblarnos como juncos, ser como el agua, etcétera. Desde esta constatación, cualquier intento de asirse a un pasado (por mejor que sea o nos parezca) puede parecer contraproducente, irracional. Y, sin embargo, la vigencia de ciertos discursos sobre el mercado de trabajo opera como “ancla”, en el sentido no siempre positivo del término. Así, una pauta de ordenación social concreta, la denominada pauta “fordista/keynesiana” (Prieto, 2000, 2002), desarrollada en Europa en el período (brevísimo en términos históricos) comprendido entre el final de la Segunda Guerra Mundial y la crisis del petróleo del 73 (por fijar dos hitos históricos que, evidentemente, necesitarían matizaciones y no deben tomarse como puntos y aparte sin conexión con sus períodos limítrofes), implantada en España sólo de un modo inacabado, imperfecto (Alonso, 2007), se ha convertido, pese a todo, en la pauta de empleo estándar, con respecto a la cual se comparan todas las situaciones posteriores. Y, como siempre se dice, las comparaciones resultan ser odiosas (también se dice, asimismo, que el recuerdo de un tiempo pasado tiende a estar distorsionado).

Este sistema de organización social se desarrolló durante el breve paréntesis conocido como “los treinta gloriosos”, término con el que se designa en la Sociología francesa al período de postguerra al que antes nos referimos, y estaría basado en una forma concreta de configuración de las relaciones laborales, entre cuyos rasgos característicos cabría destacar distintos elementos, sobresaliendo una noción fundamental que los vertebra todos: la estabilidad (o, si se quiere, la linealidad). El escenario de postguerra sitúa a los individuos ante una dinámica de mejora permanente de las condiciones de vida y trabajo como contrapartida por la aceptación del nuevo orden de cosas, de la nueva fase de desarrollo del capitalismo. La estabilidad, bajo la forma de promesa de relativa tranquilidad vital garantizada por los poderes públicos, constituye el rasgo principal y, a la vez, el patrón fundamental de medida de la calidad de los empleos de la época. Estabilidad que se traduce, fuera del ámbito laboral, en la posibilidad de afrontar y construir el futuro, de planificarlo, de tomar (o al menos sentir que se toman) las riendas de la vida propia en un contexto de decisiones relativamente sencillas (por previsibles, pero, también, por limitadas), no arriesgadas (en los términos de “sociedad del riesgo” que después manejará Beck, 1986/1998, para definir la sociedad postmoderna). El ciclo vital fordista, propio de esta época, se dibujaría como una trayectoria esencialmente lineal, en la que las biografías laborales de los sujetos se articulan en torno a un único empleo (o patrón de empleo), que se mantiene, con contratos prácticamente vitalicios sancionados por las propias regulaciones estatales, desde el ingreso al mercado de trabajo hasta que se abandona con la jubilación. “Trabajadores regularizados en ciclos biográficos largos y firmes”, sintetiza Alonso (2000, p. 195) para caracterizar este momento histórico. Se trataría de un modelo en el que las inversiones formativas iniciales determinarían en gran medida la posición de acceso a la estructura salarial, en la que, posteriormente, se promocionaría (normalmente con poco rango de variación) a través de la antigüedad, valor considerado fundamental en un régimen caracterizado por su estabilidad y su progresividad, su carácter lineal y acumulativo, que fomenta la idea de “carrera” y la visión (con toda su riqueza y carga semántica) de transiciones juveniles normalizadas (Rodríguez y Ballesteros, 2013; Santamaría, 2011; Santos, 2003). Una sociedad de largos plazos y cálculos previsibles, en la que tiene sentido la postergación, la ética del aplazamiento (San Martín y Ballesteros, 2015; Sennett, 1998/2010). De hecho, se llega a postular que la propia juventud, en tanto que período generalizado (masivo, podríamos decir), sería una creación (creación/conquista/invento) propia de este período histórico, y aparecería muy vinculada a ese período formativo, de adquisición de las credenciales que permitirían a los sujetos insertarse, después, en el mundo del trabajo. Estas credenciales (los “billetes” del tren, por utilizar la fecunda metáfora de Furlong y Cartmel, 1997), de mayor o menor entidad, se obtendrían en función del origen social y, se postula, crecientemente, en función de las propias aptitudes personales: es el tiempo del discurso meritocrático, que alimenta, y se alimenta de, una fe en el progreso social, en la posibilidad de movilidad social a través del trabajo (Martín Criado, 1998; Prieto, 2002; Santos, 2003; Standing, 2011/2013). La posterior crisis de este discurso, como veremos, tiene graves consecuencias para los jóvenes actuales, socializados en unos patrones (unas guías de conducta, unas visiones del mundo) que han dejado, en buena medida, de ser operativos.

Será sobre la quiebra de esta flecha del tiempo, de sus efectos sobre las personas, sobre lo que gravita todo el análisis de Sennett en el “best-seller” sociológico La corrosión del carácter (1998/2010), obra de referencia obligada para la comprensión de las dinámicas de cambio social desarrolladas desde finales del siglo XX. Para Sennett, la noción fundamental del modelo de sociedad fordista-keynesiana es la de “carrera”, que vinculará, en términos morales incluso, con la de “carácter”, sustrato profundo de la personalidad del individuo, de su identidad, construida en torno al trabajo. Las posibilidades de construir un relato, una narración (De Castro, 2012), permitían dotar de sentido a la propia experiencia, que tendría coherencia interna, y que daría a los individuos la sensación (a veces simplemente eso, una ficción) de estar escribiendo sus propias vidas, sobre las sólidas bases de una identidad laboral estable, programada, bien definida.

Estas son las coordenadas en que se socializaron los miembros de la generación a la que pertenecen los padres (o aun algunos de los abuelos) de los jóvenes a los que nos hemos referido anteriormente como “generación de la crisis”. Estas nociones (estabilidad, linealidad, carrera, empleo vitalicio, postergación…) han operado como categorías del pensamiento, criterios de valor desde los que orientar/prescribir la conducta de los jóvenes. Criterios que se han manejado muchas veces como entidades abstractas, como preceptos ideales, no necesariamente acordes a la experiencia individual, pero sí “herencia” de una visión social, rasgos propios de una pauta sociolaboral que hoy, aunque permanecen reductos que se siguen ajustando a estos principios, podemos decir que ya no está vigente, pero de la que, como siempre, sobreviven sus imágenes, que se proyectan sobre una realidad mutada, arrojando sombras de distinto tipo.

2.2. LA PRECARIA PAUTA POST-FORDISTA

Si estabilidad era la noción clave del escenario laboral fordista y del modelo de sociedad del bienestar de inspiración keynesiana, el término que se convirtió en mantra desde la crisis del 73 es flexibilidad, que pasaría a impregnar todos los discursos, con la connotación positiva que esta noción presenta, asociada a otra terminología fácil de aceptar (progreso, cambio) frente a otras nociones que generan mayor rechazo (rigidez, conservadurismo, rutina…). La flexibilidad, sancionada legalmente en un proceso continuo de “liberalización” de toda esfera de relaciones económicas (Standing, 2011/2013), aparece como única salida ante la profunda crisis del modelo de sociedades salariales que se había desarrollado desde la postguerra, única opción posible para salvaguardar el empleo, eje vertebral, como se señaló con anterioridad, del patrón de sociedades que se había configurado. En el altar de la competitividad se sacrificaron los antiguos principios de estabilidad, por considerarlos disfuncionales para una supuestamente ineluctable adaptación a la nueva realidad económica, cambiante, inestable por definición. Y, pese a sus más que dudosos resultados, este principio rector de la flexibilidad sigue plenamente vigente, bajo distintas formulaciones (hoy, el discurso de la empleabilidad o de las competencias), incluso a medida que la precariedad se generaliza hasta cristalizar como eje de una nueva pauta social que, a falta de una calificación mejor, se ha venido nombrando a partir de lo que ya no es: post-fordista.

Todo el nuevo escenario laboral desarrollado en las últimas décadas se caracterizaría por la flexibilidad, la precariedad, la terciarización y la globalización, el empleo temporal, la segmentación del mercado de trabajo, las dificultades de ingreso para los individuos recién llegados al mismo, etcétera. Este escenario, esta nueva organización del ámbito económico, genera una ruptura con respecto a la pauta sociolaboral propia del fordismo, fractura que se concreta, entre otros fenómenos, en un colapso de la tradicional carrera laboral, lineal y acumulativa, de que disfrutaron los “male breadwinner” (los “hombres ganadores del pan”, a los que se concedía el protagonismo social absoluto) durante esos “treinta gloriosos”. Hoy, la noción de carrera laboral resulta cuestionada, puesta en entredicho tanto por la discontinuidad en las biografías laborales que introducen los episodios recurrentes, de mayor o menor duración, de desempleo (CES, 2006; Pérez-Agote y Santamaría, 2008; Santos, 2006), como por la falta de coherencia de muchas trayectorias laborales, que no son sino sucesión de empleos precarios, o informales, actividades puntuales que no han de guardar necesariamente relación entre sí (Rodríguez y Ballesteros, 2013; Zubero, 2006), y que genera una suerte de nomadismo que dificulta sobremanera la consolidación de una identidad laboral sólida, articulada en torno a una carrera con sentido, una narrativa capaz de dotar al individuo de carácter (Alonso, 2007; Machado, 2001/2007; Sennett, 1998/2010; Standing, 2011/2013). El nuevo contexto laboral, de trabajos breves, inestables, con frecuencia desconectados entre sí, propicia o facilita toda una serie de crisis de las identidades, en la que el referente laboral dejaría de ser (tan) central en el proceso de construcción identitaria, personal, de los individuos (Dubar, 2000/2002; Santamaría, 2007, 2011; Santos, 2006), desarrollándose multitud de identidades menos “sólidas” (todo lo sólido…), más flexibles, laxas, cambiantes, episódicas, en las que la posición principal queda ocupada por otros elementos, como la familia, la amistad, o, sobre todo, el consumo (Alonso y Fernández, 2008; Rodríguez y Ballesteros, 2013; Santos, 2003), desarrollándose un hedonismo que orienta a los individuos al presentismo.

Se aprecia, pues, una nueva visión del tiempo, que muestra un individuo contemporáneo incapaz de dotar de sentido a la realidad presente a partir de las expectativas que se construyeron en el pasado (Artegui, 2014; Rodríguez y Ballesteros, 2013), incapaz de prever (controlar) y hacer proyectos sobre el futuro por la incertidumbre que tiñe el presente (Santamaría, 2011). Un tiempo cíclico, de eterno retorno, animado por el principio de reversibilidad, zigzagueante y veloz, acelerado, flexible (Machado, 2001/2007). El sujeto de nuestros días, privado de la capacidad de prever el futuro, pierde el horizonte temporal del largo plazo, abandona, por disfuncional, la lógica del aplazamiento y se centra en lo inmediato, en lo efímero, en el corto plazo (Alonso, 2007). Este nuevo tipo de sujeto experimenta un sentimiento de impotencia, de pérdida de control sobre su vida (Santamaría, 2007, 2011; Sennett, 1998/2010), algo que choca fuertemente con la santificación que esta sociedad hace de la libertad y la capacidad de elección.

Hoy, las biografías tienden a fragmentarse, quebrando esa linealidad de antaño, en la que, no obstante, los individuos se han socializado en sus hogares. Es época de biografías pulverizadas, hechas de fragmentos que no tienen porqué conectarse en un relato lineal, lógico, ordenado y continuo (Machado, 2001/2007). Relatos biográficos como puzles en los que no siempre encajan las piezas de modo coherente (CJE, 2014). Las vidas tienden a parecerse más a un laberinto que a una pista de atletismo. Por utilizar de nuevo la fecunda metáfora de Furlong y Cartmel (1997), los individuos (hablaremos de los jóvenes, por más que no son los únicos que han de construir sus biografías con los retales de este tiempo) se habrían bajado del tren para coger sus automóviles y habrían acabado enfrascados en un atasco, habida cuenta del bloqueo que sufren sus individualizadas transiciones, de las enormes dificultades que tienen para lograr una cierta consolidación laboral (CES, 2006; Pérez-Agote y Santamaría, 2008), lo que ha llevado a postular que la inserción laboral ha de verse más como un proceso que como un resultado, con su correlato de considerar la juventud más como un estado que como una fase meramente transicional (Rodríguez y Ballesteros, 2013; Santamaría, 2011; Santos, 2003).

Para intentar reorientarse en este proceloso mar de incertidumbres, la estrategia defensiva preferida (y, también, la incentivada por las propias instancias sociales, encantadas con la idea de transferirle al individuo la gestión de sus supuestos déficits, considerados individuales) consiste en la acumulación de títulos, en el consumo de formación de todo tipo. Una estrategia otrora adaptativa, pero que se revela insuficiente en un contexto de inflación curricular. La “estación fantasma” de que habla Beck (1986/1998, pp. 187 y ss.), el sistema educativo que continúa expendiendo billetes para un tren que ya no pasa, sigue funcionando a toda capacidad (de hecho, parece reforzarse en estas épocas de inseguridad), aumentando cada vez más entre los jóvenes una frustración ante lo que se considera un incumplimiento del “pacto social implícito” (San Martín y Ballesteros, 2015). Los jóvenes, que creen saldada su parte del acuerdo, no encuentran ahora acomodo en una sociedad de la que se sienten huérfanos. El triunfo del discurso neoliberal, con su correlato de (auto)responsabilización al individuo de su destino, sitúa a estos jóvenes (ya no tan jóvenes: la propia noción de juventud tiende a extenderse más allá de los treinta años: una vez más, no es cuestión de edad biológica) ante un escenario de supuesta inevitabilidad, un “así son las cosas” que no les muestra más salida que seguir formándose, seguir compitiendo, aquí o en el extranjero.

3 CONCLUSIONES

La precariedad, en el sentido multidimensional que se le viene dando al término, más allá de la mera temporalidad o de los bajos salarios (véase Laparra, 2006), es un rasgo tristemente consustancial al mercado de trabajo español, por lo que no es de extrañar que haya sido objeto de estudio recurrente en nuestro país. La fuerte segmentación de la mano de obra se presenta como pilar vertebrador del mercado de trabajo español. Así, frente a un núcleo, tradicionalmente compuesto por varones adultos, de trabajadores estables y bien protegidos, encontramos una creciente periferia de trabajadores precarios, eventuales, que entran y salen del mercado de trabajo y que sufren más intensamente las sucesivas oleadas de reformas, de desregulación (o de neorregulación precarizante, como diría Standing, 2011/2013). Entre estos colectivos periféricos tradicionalmente se contaban los jóvenes, las mujeres, los inmigrantes, o los trabajadores varones de edad avanzada con bajos niveles de cualificación. Existía una especie de “pacto social implícito” en virtud del cual los jóvenes vivían algo así como una moratoria (o un purgatorio), un lapso temporal durante el cual aumentaban su cualificación (o accedían al mercado de trabajo en puestos periféricos, según la clase social de origen y su desempeño en el sistema educativo) hasta que la sociedad los “acomodaba”, les daba entrada a la sociedad de los adultos, los integraba como ciudadanos de pleno derecho. La promesa se cumplía: estudiad y seréis recompensados; entrad a trabajar y, más tarde o más temprano, alcanzaréis la estabilidad (y, con ella, la posibilidad de planificar la vida). El mecanismo funcionaba y la cola no crecía demasiado. Pero las circunstancias cambiaron y el embudo de acceso al mercado de trabajo comenzó a estrecharse. A la incorporación masiva (y permanente) de las mujeres se sumó la competencia de mano de obra extranjera (bien inmigrante o bien deslocalizada en un contexto de globalización), unida a la propia crisis del empleo (que tiene en el avance tecnológico una de sus explicaciones). Las colas comenzaron a ser aglomeraciones; los accesos, atascos. Las circunstancias cambiaron a un ritmo distinto al que seguía el cambio de mentalidades y estrategias, que permanecían ancladas en los viejos preceptos de acumulación de credenciales como táctica defensiva. Si antes funcionaba, volverá a funcionar. Los jóvenes comienzan a acumular, en la medida de las posibilidades que les brinda su posición de partida, títulos y más títulos, generándose (amén de un próspero comercio para los mercaderes, que hacen de la formación su modus vivendi) una inflación que empuja hacia arriba las demandas de un mercado saturado. La frustración aumenta; la incomprensión ante lo vivido, también. La promesa deja de cumplirse y los jóvenes se sienten en una especie de limbo social, como desterrados de una sociedad incapaz de integrarlos y que, por añadidura, los señala como responsables de su propia falta de “empleabilidad”. La aceptación de estas “categorías zombis” (Beck y Beck-Gernsheim, 2001/2003), la creencia de que nociones como “carrera” o “estabilidad” todavía pueden servir para articular relatos vitales coherentes (vale decir, lineales), dificulta las posibilidades de enfrentar una situación esencialmente distinta a la vivida por generaciones anteriores. Bontempi (2003) y Machado (2001/2007) lo señalan acertadamente: las viejas brújulas, los antiguos mapas, ya no sirven (véase, en la misma línea, Santos, 2003, 2006). No tiene sentido que los y las jóvenes se sigan orientando por ellos, porque el tren, como el río, ya no volverá a pasar igual que antes. Esto no implica una rendición incondicional a las dinámicas que se pretenden imponer en esta época (tendentes a la individualización, a la competitividad, al egoísmo, al rechazo de lo colectivo, al fomento del riesgo, a la psicologización de todo conflicto y a la autoculpabilización del individuo…), pero sí un reconocimiento consciente de la existencia del cambio, consciencia que permita, sobre unas bases precarias y ya siempre inciertas, unas nuevas construcciones identitarias (Santamaría, 2007, 2011), unos nuevos modelos de transiciones y biografías, distintos, pero no por ello peores, a los que siguieron las generaciones anteriores.

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